Un socialismo que genere esperanza

Frente a las contradicciones de la izquierda actual y el avance del individualismo neoliberal, una invitación a repensar el valor de la militancia política. Un llamado urgente a organizarse desde los territorios y la cultura para construir un socialismo «nacional y popular» capaz de devolverle la esperanza a Chile.

Escenarios contradictorios

Ser Socialista en la actualidad es ambiguo; los socialdemócratas, liberales radicales y populistas inentendibles, son parte del espectro actual de las izquierdas, donde a mi criterio, olvidan la rica historia de lo que nosotros llamamos socialismo.

El Partido Socialista de Chile, el partido en el cual milito, es la institución que históricamente ha intentado representar el proyecto del socialismo a la chilena, desde 1933 con el histórico congreso en Santiago, representándose como un partido con una orientación nacional, que rechaza el comunismo soviético, el fascismo y a la socialdemocracia; ni calco ni copia, socialismo chileno de creación heroica.

Comprendiendo que las sociedades actuales son distintas a las de esos años, puesto que vivimos en una constante auge de las contradicciones, no solo en Chile, sino en el mundo. Los conservadurismos reaccionarios han generado un discurso que confunde los verdaderos intereses de nuestra clase, masificando un discurso individualista, que te hace creer que te debes salvar solo, mientras que ellos, con su economía de chorreo, se llenan los bolsillos a costa de los trabajadores de nuestro país que históricamente han generado las riquezas de nuestra patria.

En Chile presenciamos escenarios que no generan esperanza. Los partidos de izquierdas son cada vez más contradictorios: comunistas con candidaturas socialdemócratas, partidos que se autodenominan socialistas pero se han aburguesado, y dirigentes que se dicen "del pueblo" pero solo buscan llegar al aparato estatal e instrumentalizan los intereses del mismo.

Ahora es donde nosotros, miles de jóvenes que sabemos que los discursos cada vez son más contradictorios e individualistas, nos preguntamos: ¿Qué realmente podemos hacer con las contradicciones y el conservadurismo?

Mi respuesta es organizarse. Y hoy esa organización se encuentra en una de sus expresiones más importantes, como la militancia política. La acción de militar en la actualidad, es un acto de organización que comprendo como un deber.

Nosotros, miles de estudiantes y jóvenes que se han desarrollado gracias a los beneficios sociales otorgados por el Estado, estamos acá gracias a que los trabajadores de nuestra patria, se levantan a construir, trabajar y crear riquezas hacia nuestro país, para así financiar los beneficios sociales que nosotros disfrutamos.

Nosotros tenemos el deber de construir una patria libre, justa e igualitaria para ellos y nuestro país. El compromiso de construir una sociedad mejor, que combata contra el individualismo y vele por la superación del modo de producción que nos divide. El compromiso de generar esperanza en tiempos de incertidumbre.

Ni ortodoxos, leninistas, o socialdemócratas, primero somos socialistas.

El proyecto Socialista se ha construido con miles de personas que aportaron su tiempo, sudor, lágrimas y, en algunos casos, dejaron su sangre por la persecución. Todo con el fin de superar la alienación y la sobreexplotación de toda índole, o en otros términos, eso que llamamos socialismo.

Mi texto no crítica si alguien es más de centro o de izquierda, sino a la indiferencia. Creo que quien milita en un partido de izquierdas comprende la contradicción capital-trabajo; toda persona ha vivido las complejidades de este sistema, uno que te obliga a ahogarte en deudas mientras a otros les sobra dinero, una estructura que obliga a una gran parte de la ciudadanía a trabajar más para pagar sus derechos (salud, educación), entre otros muchos ejemplos que vivimos de las contradicciones.

Entendiendo en sí, que tenemos el deber de militar como acto de organización y respuesta, ahora nos queda solo una pregunta retomada en gran parte por los marxistas más antiguos: ¿Qué hacer?


Lo Nacional y Popular para sembrar esperanza

Desde mi perspectiva, la pregunta realizada por Lenin en tiempos tan complejos, diría que no tiene una sola respuesta. Pero apostaría que la solución actual es un proyecto nacional y popular.

El escenario presente de las izquierdas demuestra que desde los sectores que intentamos representar, como los populares, no les representa nuestro proyecto. Esto se finiquitó aún más con las elecciones presidenciales, donde las votaciones de las derechas aplastaron el programa del Partido Comunista, el socialismo y los progresismos.

El socialismo chileno no debe ser una propuesta solamente ideologizada, sino aparte debe ser una iniciativa que se adhiera a la cultura, y su contexto, intentando representar soluciones a las necesidades y problemáticas reales de las y los chilenos.

Lo nacional y popular, demuestra dos cosas destacables:

  • Lo primero, es fomentar la unidad para toda nuestra nación. No basta con defender intereses gremiales, extranjeros o sectoriales. El movimiento popular debe hacerse cargo de los problemas estructurales de todo el país, sin excluir a cualquier ciudadano de nuestra patria, es la importancia de unirse contra —la desigualdad social, la precariedad laboral, el acceso a la salud, la educación o la vivienda— es la necesidad de ofrecer respuestas que sean percibidas como soluciones para una nación entera, no solo para un segmento seleccionado mediante minorías. Para que así se concrete fomentar la verdadera mayoría nacional.
  • Lo nacional y popular no se decreta, se construye en el territorio, en la organización comunitaria, en los sindicatos, en las juntas de vecinos, y también en la cultura; el arte, la música, la memoria y las tradiciones. Es un proyecto que echa raíces en la vida cotidiana y que no puede ser impuesto desde las cúpulas partidarias. Significa la importancia de salir a conocernos entre vecinos, compañeros y conocidos, es la demostración de que si queremos salvarnos entre todos, debemos depender del otro.
  • Lo segundo, pienso que la izquierda está en un constante fracaso a nivel de mayorías, en parte, porque ha tratado a las contradicciones como las —diferencias territoriales, culturales, generacionales, académicas, y conocimientos— si fueran enemigos. Pero las contradicciones en sí no son defectos, son la materia viva de lo latinoamericano; lo popular. Militar con ellas significa organizar, para así construir hegemonía nacional. Eso es lo que permite que un proyecto político sea representativo, en los territorios, en las banderas y las luchas cotidianas de la gente.

Pero para eso, pienso que la acción de militancia se desprende del compromiso de organización y formación.

Como bien argumenté, me parece necesario tener una izquierda que no se centre únicamente en lo electoral e intelectual, una izquierda presente en los territorios, y direccionada a la construcción de un sistema colectivista. Hace falta una organización dispuesta a realizar acciones concretas para sus cercanos y para las clases populares; una izquierda que asuma la importancia de disputar espacios —en las universidades, sindicatos, juntas de vecinos, en la vida cotidiana— para así demostrar hacia la externa un proyecto político propositivo, con propuestas claras y ancladas a la realidad chilena. Pero, además, esa izquierda debe tener la capacidad de discutir constructivamente con el otro, entendiendo que la crítica es la oportunidad para renovarse. Solo a través de lo nacional y popular construiremos una hegemonía propositiva. A base de las contradicciones sociales que impulsan el cambio histórico; es desde ellas, y desde la acción organizada del pueblo, que se podrá construir una transformación socialista.

Y por último, la acción de formación no se debe olvidar, vivimos en momentos donde nuestro país es cada vez más distinto, las necesidades y problemáticas del Chile actual, se responde con distintas soluciones que hace 200 años, tenemos la exigencia de desarrollar nuestro conocimiento para así generar una praxis adherente al contexto. Un proyecto nacional y popular se consigue con la capacidad de comprender la realidad, con herramientas teóricas que nos permitan interpretar las transformaciones del capitalismo, las nuevas formas de explotación, las subjetividades emergentes, los cambios en el mundo del trabajo y en la cultura popular. Entendiendo que esta lucha no es individual; la formación es colectiva para combatir contra un modo de producción que te obliga a salvarte solo.

Pero la formación debe ser un acto militante cotidiano; en las juntas de vecinos, en los sindicatos, en los trabajos territoriales, en los Liceos y universidades, en los espacios digitales donde hoy se disputa el sentido común de la juventud. Formar es devolverle a la gente la capacidad de interpretar su propia realidad y de transformarla, siendo nuestro deber generar un lenguaje atractivo para los sectores más populares.

Esto no es un llamado a militar en un partido político en específico, es una invitación a sembrar esperanza para volver a creer en la militancia política, con el fin de que los partidos políticos no se presten como pequeñas cúpulas de poder, hay que generar una disciplina militante; no nos quedemos callados, hay que seguir organizándonos y formándonos para que mañana Chile, llegue a ser un país libre, justo e igualitario. Contra un neoliberalismo que te obliga a no organizarse, es nuestro deber luchar para superar a un sistema que sigue siendo injusto, siguiendo la idea de una sociedad que anteponga el valor de la igualdad por sobre el individualismo capitalista.


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Sobre la democracia vacía y el neoliberalismo autoritario

El presente artículo ofrece un diagnóstico crítico, desde una perspectiva marxista, sobre la crisis política en el Chile post-estallido social. El autor analiza cómo el Estado se ha blindado para proteger el modelo neoliberal, dando paso a un «estatismo autoritario» que facilita el ascenso de la ultraderecha y vacía a la democracia de su soberanía popular.

El artículo de Martín Olate Navarro propone una crítica marxista a la ciencia política hegemónica por evaluar la salud de la democracia mediante indicadores puramente procedimentales, invisibilizando así el rol estructural del Estado frente al modelo socioeconómico neoliberal. Tomando como eje la experiencia chilena tras el estallido social de 2019, el texto argumenta que el neoliberalismo ha provocado un profundo vaciamiento de los canales de deliberación soberana, reduciendo la política a un mero trámite administrativo. Apoyándose en la teoría de Nicos Poulantzas, el autor concibe al Estado no como un árbitro neutral, sino como la condensación material de una relación de fuerzas; por ende, ante la crisis de legitimidad del sistema y la incapacidad de resolver la desigualdad, el Estado capitalista muta hacia un «estatismo autoritario» de carácter punitivo para blindar la acumulación de capital. Este escenario de atomización y desmantelamiento de lo público propicia el surgimiento de un «fascismo social», donde la ultraderecha emerge no como una anomalía irracional, sino como gestora estratégica del orden del capital que, mediante la captura mediática y algorítmica, desvía el legítimo malestar ciudadano hacia chivos expiatorios para salvaguardar el statu quo. Finalmente, el documento concluye que la democracia sustantiva es incompatible con el neoliberalismo, planteando la urgencia innegociable de construir una alternativa basada en un «socialismo democrático» de profundo carácter nacional y popular para lograr la verdadera emancipación de las mayorías.

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La batalla por el sentido común en Chile

Una reflexión sobre la vigencia del pensamiento de Antonio Gramsci para comprender la polarización política chilena, el papel de la hegemonía cultural y la disputa por la memoria como un conflicto que sigue definiendo el presente democrático.

La persistente polarización política en Chile suele expresarse mediante descalificaciones que reducen el debate público a consignas y etiquetas. Sin embargo, detrás de esa confrontación cotidiana existe una disputa mucho más profunda: la lucha por construir el sentido común que organiza la forma en que una sociedad comprende su historia, interpreta su presente y proyecta su futuro.

En esta columna, Johakin Becerra Fuentealba recupera el pensamiento de Antonio Gramsci para analizar cómo la hegemonía cultural ha marcado la historia política chilena desde la Unidad Popular hasta nuestros días. A través de este recorrido, sostiene que las disputas por la educación, los medios de comunicación y la memoria histórica siguen siendo un componente decisivo de la democracia contemporánea.


La batalla por el sentido común

La batalla cultural de hoy en día se ve reflejada de forma cotidiana en la violencia del lenguaje político, donde la izquierda es despectivamente encasillada bajo el término de "comunachos" y la derecha es tildada de "fachos". Sin embargo, lejos de ser una simple riña de adjetivos, estas rivalidades encuentran una explicación profunda en la teoría de la hegemonía cultural formulada por Antonio Gramsci, el influyente filósofo político marxista italiano.

El poder de la hegemonía

Gramsci nos advertía que la clase dominante no solo gobierna mediante la coerción y la fuerza física del Estado —lo que él llamaba "sociedad política"— sino, fundamentalmente, a través del consenso y la dirección cultural, es decir, la "sociedad civil".

Para el pensador italiano, instituciones como la Iglesia, el sistema educativo y los medios de comunicación son los verdaderos campos de batalla donde se fabrican las formas de pensar de una época. Según su teoría, el poder real es invisible y se aloja en el sentido común de la gente; por lo tanto, para transformar radicalmente una sociedad, primero se debe librar y ganar una "guerra de posiciones" en el terreno de la cultura.


Cuando la cultura también fue un campo de batalla

En Chile, esta disputa ideológica se vio dramáticamente remarcada a partir de 1970 con el triunfo de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Con un país socialmente fracturado, comenzó una guerra de trincheras culturales donde el gobierno buscaba transformar las bases de la educación, mientras la oposición conservaba el control de los grandes medios de comunicación de masas.

La disputa por el relato

Un caso emblemático fue el diario El Mercurio, el cual —como demostrarían posteriormente documentos desclasificados— recibió financiamiento estratégico de los Estados Unidos, a través de la CIA, para desestabilizar el proyecto de la Unidad Popular.

Fue mediante esta sofisticada intervención en el relato mediático que la ciudadanía comenzó a profundizar su distanciamiento político y su polarización.


La victoria cultural de la dictadura

Sin embargo, esta fase de la batalla cultural terminó siendo ganada de forma coercitiva por la derecha chilena tras el golpe de Estado de 1973. La dictadura civil-militar liderada por Augusto Pinochet comprendió perfectamente la máxima gramsciana de que el poder requería control cultural e ideó un estricto plan de censura y propaganda masiva.

La construcción de una memoria fragmentada

El régimen clausuró voces disidentes y construyó una realidad oficial. Es por ello que hoy subsiste una memoria escindida: sectores de la población que vivieron bajo la burbuja de los medios oficiales de la época recuerdan aquellos años como un periodo de "orden, empleo y estabilidad económica", repitiendo la narrativa impuesta.

Esta visión contrasta radicalmente con las estadísticas internacionales, las masivas denuncias de violaciones a los Derechos Humanos y la devastadora crisis económica de 1982.


Una disputa que sigue abierta

A más de medio siglo de aquellos acontecimientos, el fantasma de Gramsci sigue recorriendo Chile. La persistencia de los epítetos "facho" y "comunacho" en el debate contemporáneo demuestra que las heridas del pasado no eran solo económicas o institucionales, sino profundamente culturales.

Democratizar la memoria

La dictadura chilena logró inocular un sentido común neoliberal que rigió el país durante décadas, demostrando que quien controla el relato del pasado controla la agenda del futuro.

La lección que nos deja esta historia es que las verdaderas revoluciones y contrarrevoluciones no se consolidan en los palacios de gobierno, sino en las aulas, en las pantallas y en las mentes de los ciudadanos.

Mientras la sociedad chilena no sea capaz de deconstruir críticamente esos dogmas heredados y construir un espacio de diálogo basado en la verdad histórica, la batalla cultural seguirá cobrándose la cohesión social de nuestra democracia.

Red editorial

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