Divididos viviremos eternamente vencidos

Una reflexión crítica sobre la fragmentación histórica y estructural de los movimientos sociales y la izquierda en Chile bajo el modelo neoliberal, y el imperativo de la unidad frente al auge de la ultraderecha.

Desde la época de las primeras independencias y, por sobre todo, desde la Guerra Fría, el mundo se está dividiendo poco a poco; hemos vivido épocas de gran polarización y segregación social y política, pero hoy en día ya está normalizado.

En Latinoamérica, y con la fuerte presencia de EE. UU. en el siglo pasado y también en el presente, hemos visto cómo las garras del imperialismo han sacudido la estabilidad y armonía social que teníamos. Esto lo podemos ver en la época de los 70 en Chile, cuando Estados Unidos intervino directamente en nuestro país, creando aún más divisiones sociales y políticas que hasta el día de hoy repercuten, por sobre todo con el golpe de Estado que ellos financiaron y hoy son una mochila que cargamos día a día en los temas de actualidad.

El modelo neoliberal y la desarticulación colectiva

Con el modelo neoliberal impuesto en dictadura, se ha observado cómo el sistema puede controlar la totalidad de la sociedad indirecta o directamente, cómo este mismo sistema nos separa en indefinidas clases sociales y también cómo desde el régimen militar se implantaron medidas para dividir y desaparecer los movimientos sociales y políticos.

Esto se logró bajando la representatividad de los sindicatos, designando los dirigentes sociales de las estructuras más básicas hasta las más complejas, ilegalizando y criminalizando la lucha social, rivalizando y haciendo competir a los movimientos y partidos de representación de los trabajadores y poniendo en la cúspide la meritocracia y el avance individual, dejando en segundo plano las luchas colectivas.

Este trabajo de la dictadura es un plan pensado minuciosamente, controlando a la gente desde la iglesia, colegio, dirigentes, partidos políticos, deporte, etc. Debemos pensar que la dictadura militar sigue más vigente que nunca, ¿cómo no? Si su pilar fundamental sigue rigiendo al país entero, como lo es la Constitución.

El legado de Pinochet y los Chicago Boys sistematiza la división de la sociedad, y este es el triunfo más grande de la historia del capitalismo y, con ello, de la derecha.

Competencia entre pares: La fragmentación de las bases

Esto no quiere decir que la división de poderes, regiones o países esté mal, sino que la división de las bases fue el objetivo pleno del legado de la dictadura. La fragmentación sistemática de movimientos de trabajadores, estudiantes y comités no tiene nada que ver con la racionalización de la administración, sino más bien con generar confrontación, competencia y rivalidad entre pares que tienen el mismo objetivo en común, que, en el caso de la izquierda chilena, es la justicia social y todo lo que aquello conlleva.

Es por esto que el quebrantamiento de los movimientos es frecuente y común; estamos insertos en un sistema que normaliza una sociedad quebrantada, que no busca llegar a acuerdos, sino más bien buscar un objetivo en común para convertirlo en una lucha que tenga logros individualistas.

Ver hoy en día la presencia de un presidente de extrema derecha es también ver la gran derrota no asumida por las izquierdas, izquierdas que no lograron congeniar con la sociedad y que tampoco las bases hicieron intento alguno de unirse en plenitud para alcanzar el objetivo principal y colectivo, que era evitar que llegara la ultraderecha a la presidencia.

El espejismo de la clase media y la realidad social

La división e identificación de las clases sociales es el resultado puro del sistema neoliberal: las tan mencionadas clase alta, media alta, media, media baja y la baja. Debemos recalcar que es real y obvio que algunos trabajadores tienen más recursos que otros, pero siguen siendo de una sola clase social, clase que, si pierden el trabajo, quedan sin ingreso a menos que el Estado los beneficie.

Realmente solo existen dos clases sociales: la burguesa y la clase trabajadora. Es a esta última a la que pertenece el mayor porcentaje de personas del mundo, pero muchos de ellos no se quieren reconocer como tal.

Nuestro modelo económico y social es el que genera esto, la constante pelea y división de una sola clase trabajadora, porque si todos se identificaran con la clase social que realmente son, quizás el modelo neoliberal no estaría vigente. La clase trabajadora junta tendría mucho poder, y ese es el miedo.

El fraccionamiento en las nuevas generaciones

Podemos ver también cómo cada vez aparecen más movimientos sociales con un mismo objetivo en común, movimientos de estudiantes que se dividen como si la reconciliación y el diálogo fueran inaceptables. El caso de los estudiantes es especial; vemos en la actualidad cómo se crean federaciones con casi el mismo nombre, al mismo tiempo que surgen movimientos más reaccionarios que siguen dividiendo las fuerzas que pueden lograr un objetivo en común.

Debemos aceptar que este factor y pilar del sistema que nos rige, como es la división, nos está venciendo en cada votación y manifestación. Nos están dividiendo, y es por esto que nos están venciendo.

"Divididos vivimos eternamente vencidos." — Portavoz

Organizarse es el acto más revolucionario

La izquierda y las nuevas generaciones tenemos un objetivo importantísimo, el cual es unirnos, abrirnos al diálogo, conversar las indiferencias y empezar a visualizarnos en el futuro, ese futuro que nos llamará a aprender del otro y ayudarse para conseguir el objetivo en común.

Quizás los partidos políticos hacen el intento de conversar, pero al igual que los movimientos, caen en la fragmentación interna y la creación de partidos fugaces. Es por esto que en estos tiempos unirse y organizarse es lo más revolucionario que cualquier persona puede hacer, desde los partidos, movimientos de cualquier clase y hasta las organizaciones más básicas.

Organización, unión y triunfo.

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Un socialismo que genere esperanza

Frente a las contradicciones de la izquierda actual y el avance del individualismo neoliberal, una invitación a repensar el valor de la militancia política. Un llamado urgente a organizarse desde los territorios y la cultura para construir un socialismo «nacional y popular» capaz de devolverle la esperanza a Chile.

Escenarios contradictorios

Ser Socialista en la actualidad es ambiguo; los socialdemócratas, liberales radicales y populistas inentendibles, son parte del espectro actual de las izquierdas, donde a mi criterio, olvidan la rica historia de lo que nosotros llamamos socialismo.

El Partido Socialista de Chile, el partido en el cual milito, es la institución que históricamente ha intentado representar el proyecto del socialismo a la chilena, desde 1933 con el histórico congreso en Santiago, representándose como un partido con una orientación nacional, que rechaza el comunismo soviético, el fascismo y a la socialdemocracia; ni calco ni copia, socialismo chileno de creación heroica.

Comprendiendo que las sociedades actuales son distintas a las de esos años, puesto que vivimos en una constante auge de las contradicciones, no solo en Chile, sino en el mundo. Los conservadurismos reaccionarios han generado un discurso que confunde los verdaderos intereses de nuestra clase, masificando un discurso individualista, que te hace creer que te debes salvar solo, mientras que ellos, con su economía de chorreo, se llenan los bolsillos a costa de los trabajadores de nuestro país que históricamente han generado las riquezas de nuestra patria.

En Chile presenciamos escenarios que no generan esperanza. Los partidos de izquierdas son cada vez más contradictorios: comunistas con candidaturas socialdemócratas, partidos que se autodenominan socialistas pero se han aburguesado, y dirigentes que se dicen "del pueblo" pero solo buscan llegar al aparato estatal e instrumentalizan los intereses del mismo.

Ahora es donde nosotros, miles de jóvenes que sabemos que los discursos cada vez son más contradictorios e individualistas, nos preguntamos: ¿Qué realmente podemos hacer con las contradicciones y el conservadurismo?

Mi respuesta es organizarse. Y hoy esa organización se encuentra en una de sus expresiones más importantes, como la militancia política. La acción de militar en la actualidad, es un acto de organización que comprendo como un deber.

Nosotros, miles de estudiantes y jóvenes que se han desarrollado gracias a los beneficios sociales otorgados por el Estado, estamos acá gracias a que los trabajadores de nuestra patria, se levantan a construir, trabajar y crear riquezas hacia nuestro país, para así financiar los beneficios sociales que nosotros disfrutamos.

Nosotros tenemos el deber de construir una patria libre, justa e igualitaria para ellos y nuestro país. El compromiso de construir una sociedad mejor, que combata contra el individualismo y vele por la superación del modo de producción que nos divide. El compromiso de generar esperanza en tiempos de incertidumbre.

Ni ortodoxos, leninistas, o socialdemócratas, primero somos socialistas.

El proyecto Socialista se ha construido con miles de personas que aportaron su tiempo, sudor, lágrimas y, en algunos casos, dejaron su sangre por la persecución. Todo con el fin de superar la alienación y la sobreexplotación de toda índole, o en otros términos, eso que llamamos socialismo.

Mi texto no crítica si alguien es más de centro o de izquierda, sino a la indiferencia. Creo que quien milita en un partido de izquierdas comprende la contradicción capital-trabajo; toda persona ha vivido las complejidades de este sistema, uno que te obliga a ahogarte en deudas mientras a otros les sobra dinero, una estructura que obliga a una gran parte de la ciudadanía a trabajar más para pagar sus derechos (salud, educación), entre otros muchos ejemplos que vivimos de las contradicciones.

Entendiendo en sí, que tenemos el deber de militar como acto de organización y respuesta, ahora nos queda solo una pregunta retomada en gran parte por los marxistas más antiguos: ¿Qué hacer?


Lo Nacional y Popular para sembrar esperanza

Desde mi perspectiva, la pregunta realizada por Lenin en tiempos tan complejos, diría que no tiene una sola respuesta. Pero apostaría que la solución actual es un proyecto nacional y popular.

El escenario presente de las izquierdas demuestra que desde los sectores que intentamos representar, como los populares, no les representa nuestro proyecto. Esto se finiquitó aún más con las elecciones presidenciales, donde las votaciones de las derechas aplastaron el programa del Partido Comunista, el socialismo y los progresismos.

El socialismo chileno no debe ser una propuesta solamente ideologizada, sino aparte debe ser una iniciativa que se adhiera a la cultura, y su contexto, intentando representar soluciones a las necesidades y problemáticas reales de las y los chilenos.

Lo nacional y popular, demuestra dos cosas destacables:

  • Lo primero, es fomentar la unidad para toda nuestra nación. No basta con defender intereses gremiales, extranjeros o sectoriales. El movimiento popular debe hacerse cargo de los problemas estructurales de todo el país, sin excluir a cualquier ciudadano de nuestra patria, es la importancia de unirse contra —la desigualdad social, la precariedad laboral, el acceso a la salud, la educación o la vivienda— es la necesidad de ofrecer respuestas que sean percibidas como soluciones para una nación entera, no solo para un segmento seleccionado mediante minorías. Para que así se concrete fomentar la verdadera mayoría nacional.
  • Lo nacional y popular no se decreta, se construye en el territorio, en la organización comunitaria, en los sindicatos, en las juntas de vecinos, y también en la cultura; el arte, la música, la memoria y las tradiciones. Es un proyecto que echa raíces en la vida cotidiana y que no puede ser impuesto desde las cúpulas partidarias. Significa la importancia de salir a conocernos entre vecinos, compañeros y conocidos, es la demostración de que si queremos salvarnos entre todos, debemos depender del otro.
  • Lo segundo, pienso que la izquierda está en un constante fracaso a nivel de mayorías, en parte, porque ha tratado a las contradicciones como las —diferencias territoriales, culturales, generacionales, académicas, y conocimientos— si fueran enemigos. Pero las contradicciones en sí no son defectos, son la materia viva de lo latinoamericano; lo popular. Militar con ellas significa organizar, para así construir hegemonía nacional. Eso es lo que permite que un proyecto político sea representativo, en los territorios, en las banderas y las luchas cotidianas de la gente.

Pero para eso, pienso que la acción de militancia se desprende del compromiso de organización y formación.

Como bien argumenté, me parece necesario tener una izquierda que no se centre únicamente en lo electoral e intelectual, una izquierda presente en los territorios, y direccionada a la construcción de un sistema colectivista. Hace falta una organización dispuesta a realizar acciones concretas para sus cercanos y para las clases populares; una izquierda que asuma la importancia de disputar espacios —en las universidades, sindicatos, juntas de vecinos, en la vida cotidiana— para así demostrar hacia la externa un proyecto político propositivo, con propuestas claras y ancladas a la realidad chilena. Pero, además, esa izquierda debe tener la capacidad de discutir constructivamente con el otro, entendiendo que la crítica es la oportunidad para renovarse. Solo a través de lo nacional y popular construiremos una hegemonía propositiva. A base de las contradicciones sociales que impulsan el cambio histórico; es desde ellas, y desde la acción organizada del pueblo, que se podrá construir una transformación socialista.

Y por último, la acción de formación no se debe olvidar, vivimos en momentos donde nuestro país es cada vez más distinto, las necesidades y problemáticas del Chile actual, se responde con distintas soluciones que hace 200 años, tenemos la exigencia de desarrollar nuestro conocimiento para así generar una praxis adherente al contexto. Un proyecto nacional y popular se consigue con la capacidad de comprender la realidad, con herramientas teóricas que nos permitan interpretar las transformaciones del capitalismo, las nuevas formas de explotación, las subjetividades emergentes, los cambios en el mundo del trabajo y en la cultura popular. Entendiendo que esta lucha no es individual; la formación es colectiva para combatir contra un modo de producción que te obliga a salvarte solo.

Pero la formación debe ser un acto militante cotidiano; en las juntas de vecinos, en los sindicatos, en los trabajos territoriales, en los Liceos y universidades, en los espacios digitales donde hoy se disputa el sentido común de la juventud. Formar es devolverle a la gente la capacidad de interpretar su propia realidad y de transformarla, siendo nuestro deber generar un lenguaje atractivo para los sectores más populares.

Esto no es un llamado a militar en un partido político en específico, es una invitación a sembrar esperanza para volver a creer en la militancia política, con el fin de que los partidos políticos no se presten como pequeñas cúpulas de poder, hay que generar una disciplina militante; no nos quedemos callados, hay que seguir organizándonos y formándonos para que mañana Chile, llegue a ser un país libre, justo e igualitario. Contra un neoliberalismo que te obliga a no organizarse, es nuestro deber luchar para superar a un sistema que sigue siendo injusto, siguiendo la idea de una sociedad que anteponga el valor de la igualdad por sobre el individualismo capitalista.


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Sobre la democracia vacía y el neoliberalismo autoritario

El presente artículo ofrece un diagnóstico crítico, desde una perspectiva marxista, sobre la crisis política en el Chile post-estallido social. El autor analiza cómo el Estado se ha blindado para proteger el modelo neoliberal, dando paso a un «estatismo autoritario» que facilita el ascenso de la ultraderecha y vacía a la democracia de su soberanía popular.

El artículo de Martín Olate Navarro propone una crítica marxista a la ciencia política hegemónica por evaluar la salud de la democracia mediante indicadores puramente procedimentales, invisibilizando así el rol estructural del Estado frente al modelo socioeconómico neoliberal. Tomando como eje la experiencia chilena tras el estallido social de 2019, el texto argumenta que el neoliberalismo ha provocado un profundo vaciamiento de los canales de deliberación soberana, reduciendo la política a un mero trámite administrativo. Apoyándose en la teoría de Nicos Poulantzas, el autor concibe al Estado no como un árbitro neutral, sino como la condensación material de una relación de fuerzas; por ende, ante la crisis de legitimidad del sistema y la incapacidad de resolver la desigualdad, el Estado capitalista muta hacia un «estatismo autoritario» de carácter punitivo para blindar la acumulación de capital. Este escenario de atomización y desmantelamiento de lo público propicia el surgimiento de un «fascismo social», donde la ultraderecha emerge no como una anomalía irracional, sino como gestora estratégica del orden del capital que, mediante la captura mediática y algorítmica, desvía el legítimo malestar ciudadano hacia chivos expiatorios para salvaguardar el statu quo. Finalmente, el documento concluye que la democracia sustantiva es incompatible con el neoliberalismo, planteando la urgencia innegociable de construir una alternativa basada en un «socialismo democrático» de profundo carácter nacional y popular para lograr la verdadera emancipación de las mayorías.

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