La batalla por el sentido común en Chile

Una reflexión sobre la vigencia del pensamiento de Antonio Gramsci para comprender la polarización política chilena, el papel de la hegemonía cultural y la disputa por la memoria como un conflicto que sigue definiendo el presente democrático.

La persistente polarización política en Chile suele expresarse mediante descalificaciones que reducen el debate público a consignas y etiquetas. Sin embargo, detrás de esa confrontación cotidiana existe una disputa mucho más profunda: la lucha por construir el sentido común que organiza la forma en que una sociedad comprende su historia, interpreta su presente y proyecta su futuro.

En esta columna, Johakin Becerra Fuentealba recupera el pensamiento de Antonio Gramsci para analizar cómo la hegemonía cultural ha marcado la historia política chilena desde la Unidad Popular hasta nuestros días. A través de este recorrido, sostiene que las disputas por la educación, los medios de comunicación y la memoria histórica siguen siendo un componente decisivo de la democracia contemporánea.


La batalla por el sentido común

La batalla cultural de hoy en día se ve reflejada de forma cotidiana en la violencia del lenguaje político, donde la izquierda es despectivamente encasillada bajo el término de "comunachos" y la derecha es tildada de "fachos". Sin embargo, lejos de ser una simple riña de adjetivos, estas rivalidades encuentran una explicación profunda en la teoría de la hegemonía cultural formulada por Antonio Gramsci, el influyente filósofo político marxista italiano.

El poder de la hegemonía

Gramsci nos advertía que la clase dominante no solo gobierna mediante la coerción y la fuerza física del Estado —lo que él llamaba "sociedad política"— sino, fundamentalmente, a través del consenso y la dirección cultural, es decir, la "sociedad civil".

Para el pensador italiano, instituciones como la Iglesia, el sistema educativo y los medios de comunicación son los verdaderos campos de batalla donde se fabrican las formas de pensar de una época. Según su teoría, el poder real es invisible y se aloja en el sentido común de la gente; por lo tanto, para transformar radicalmente una sociedad, primero se debe librar y ganar una "guerra de posiciones" en el terreno de la cultura.


Cuando la cultura también fue un campo de batalla

En Chile, esta disputa ideológica se vio dramáticamente remarcada a partir de 1970 con el triunfo de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Con un país socialmente fracturado, comenzó una guerra de trincheras culturales donde el gobierno buscaba transformar las bases de la educación, mientras la oposición conservaba el control de los grandes medios de comunicación de masas.

La disputa por el relato

Un caso emblemático fue el diario El Mercurio, el cual —como demostrarían posteriormente documentos desclasificados— recibió financiamiento estratégico de los Estados Unidos, a través de la CIA, para desestabilizar el proyecto de la Unidad Popular.

Fue mediante esta sofisticada intervención en el relato mediático que la ciudadanía comenzó a profundizar su distanciamiento político y su polarización.


La victoria cultural de la dictadura

Sin embargo, esta fase de la batalla cultural terminó siendo ganada de forma coercitiva por la derecha chilena tras el golpe de Estado de 1973. La dictadura civil-militar liderada por Augusto Pinochet comprendió perfectamente la máxima gramsciana de que el poder requería control cultural e ideó un estricto plan de censura y propaganda masiva.

La construcción de una memoria fragmentada

El régimen clausuró voces disidentes y construyó una realidad oficial. Es por ello que hoy subsiste una memoria escindida: sectores de la población que vivieron bajo la burbuja de los medios oficiales de la época recuerdan aquellos años como un periodo de "orden, empleo y estabilidad económica", repitiendo la narrativa impuesta.

Esta visión contrasta radicalmente con las estadísticas internacionales, las masivas denuncias de violaciones a los Derechos Humanos y la devastadora crisis económica de 1982.


Una disputa que sigue abierta

A más de medio siglo de aquellos acontecimientos, el fantasma de Gramsci sigue recorriendo Chile. La persistencia de los epítetos "facho" y "comunacho" en el debate contemporáneo demuestra que las heridas del pasado no eran solo económicas o institucionales, sino profundamente culturales.

Democratizar la memoria

La dictadura chilena logró inocular un sentido común neoliberal que rigió el país durante décadas, demostrando que quien controla el relato del pasado controla la agenda del futuro.

La lección que nos deja esta historia es que las verdaderas revoluciones y contrarrevoluciones no se consolidan en los palacios de gobierno, sino en las aulas, en las pantallas y en las mentes de los ciudadanos.

Mientras la sociedad chilena no sea capaz de deconstruir críticamente esos dogmas heredados y construir un espacio de diálogo basado en la verdad histórica, la batalla cultural seguirá cobrándose la cohesión social de nuestra democracia.

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Sobre la democracia vacía y el neoliberalismo autoritario

El presente artículo ofrece un diagnóstico crítico, desde una perspectiva marxista, sobre la crisis política en el Chile post-estallido social. El autor analiza cómo el Estado se ha blindado para proteger el modelo neoliberal, dando paso a un «estatismo autoritario» que facilita el ascenso de la ultraderecha y vacía a la democracia de su soberanía popular.

El artículo de Martín Olate Navarro propone una crítica marxista a la ciencia política hegemónica por evaluar la salud de la democracia mediante indicadores puramente procedimentales, invisibilizando así el rol estructural del Estado frente al modelo socioeconómico neoliberal. Tomando como eje la experiencia chilena tras el estallido social de 2019, el texto argumenta que el neoliberalismo ha provocado un profundo vaciamiento de los canales de deliberación soberana, reduciendo la política a un mero trámite administrativo. Apoyándose en la teoría de Nicos Poulantzas, el autor concibe al Estado no como un árbitro neutral, sino como la condensación material de una relación de fuerzas; por ende, ante la crisis de legitimidad del sistema y la incapacidad de resolver la desigualdad, el Estado capitalista muta hacia un «estatismo autoritario» de carácter punitivo para blindar la acumulación de capital. Este escenario de atomización y desmantelamiento de lo público propicia el surgimiento de un «fascismo social», donde la ultraderecha emerge no como una anomalía irracional, sino como gestora estratégica del orden del capital que, mediante la captura mediática y algorítmica, desvía el legítimo malestar ciudadano hacia chivos expiatorios para salvaguardar el statu quo. Finalmente, el documento concluye que la democracia sustantiva es incompatible con el neoliberalismo, planteando la urgencia innegociable de construir una alternativa basada en un «socialismo democrático» de profundo carácter nacional y popular para lograr la verdadera emancipación de las mayorías.

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La derrota histórica

Cómo el neoliberalismo chileno destruyó las mediaciones colectivas capaces de transformar antagonismos sociales en proyecto político.

Durante décadas, gran parte del análisis político chileno interpretó el neoliberalismo, de manera restrictiva, como un mero modelo de gestión macroeconómica. Sin embargo, su verdadera profundidad histórica radicó en algo mucho más totalizante: la transformación material de las formas de vida, la reorganización metabólica de la sociedad y la reconfiguración de la subjetividad en Chile.

El neoliberalismo no solo alteró los mercados; modificó las condiciones ontológicas bajo las cuales podía emerger un sujeto político colectivo.

Comprender el Chile contemporáneo exige abandonar las lecturas puramente morales y aquellas interpretaciones que reducen la crisis orgánica actual a un problema de "comunicación", "brechas generacionales" o diseño institucional. La fragmentación social y la incapacidad para sostener proyectos históricos duraderos no son anomalías del sistema, sino el éxito histórico de décadas de reestructuración material, cultural y organizativa impuesta por el capital.

La aparente paradoja de una sociedad profundamente atravesada por antagonismos de clase, pero incapaz de traducirlos en una política de clases coherente, es la expresión más nítida de esta derrota histórica.

Del capitalismo industrial a la alienación financiera

Las últimas décadas marcaron una profunda reorganización global en el proceso de acumulación. La crisis del modelo fordista-industrial dio paso a un un capitalismo financiarizado, logístico y fragmentado, que profundizó lo que Marx denominaba la subsunción real de la vida al capital; es decir, un proceso donde ya no solo el trabajo, sino crecientemente la vida cotidiana, el tiempo, los afectos y la reproducción social quedan subordinados a las necesidades de acumulación del mercado.

El espacio clásico de concentración y socialización obrera —la fábrica— fue desplazado por redes dispersas de subcontratación y trabajo precarizado. Al retroceder la estabilidad material, se erosionaron las bases que permitían la conciencia de clase y las solidaridades duraderas. La dominación mutó hacia formas más capilares y abstractas. Hoy, el capital no requiere de la figura de un patrón visible para ejercer su coerción; opera mediante la cosificación de la vida cotidiana a través de:

  • El endeudamiento masivo como mecanismo de disciplinamiento social.
  • La tercerización y la fragmentación del tejido productivo.
  • La algoritmización y la explotación encubierta en plataformas digitales.
  • La mercantilización de la reproducción de la vida y los cuidados.

El neoliberalismo no solo reorganizó la economía; expropió el tiempo, segregó el espacio y alienó la existencia social.

Chile y la revolución pasiva neoliberal

En Chile, esta transformación fue radical. La dictadura cívico-militar no se limitó a imponer una ortodoxia económica, sino que operó como una fuerza destructiva contra las mediaciones históricas del mundo popular: sindicatos, cordones industriales, partidos de masas y redes de sociabilidad comunitaria.

La Constitución de 1980 cristalizó jurídicamente esta derrota, subordinando áreas vitales —pensiones, salud, educación, vivienda, e incluso el agua— a la lógica de la valorización del capital.

El principio de subsidiariedad no fue una simple "retirada del Estado". Fue una intervención estatal activa para destruir las instituciones de mediación comunitaria (mutuales, cooperativas, asambleas) y reemplazarlas por el mercado. El Estado chileno produjo activamente el mercado, transfiriendo la provisión de derechos al consumo, el crédito y la competencia como forma de acción social. El mercado se erigió así como el principio rector de la totalidad social.

Particularidad identitaria y la crisis de la universalidad

La fragmentación contemporánea no ha hecho desaparecer las contradicciones de clase. Al contrario, estas siguen estructurando la base material de la sociedad. El problema es que, desde una perspectiva dialéctica, hoy vivimos encerrados en la particularidad.

Las justas luchas identitarias, territoriales, ecológicas o de género no existen en el vacío; están atravesadas por las relaciones materiales de reproducción. La posición de clase sigue determinando quién tiene el tiempo y los recursos para desarrollar un proyecto de vida autónomo. El error no está en estas identidades, sino en la ausencia de un horizonte universalizador.

El neoliberalismo no eliminó el antagonismo capital-trabajo, sino que lo estalló en múltiples expresiones de precariedad: segregación urbana, angustia habitacional, crisis de cuidados y aislamiento. El triunfo ideológico del modelo es que estas contradicciones estructurales se sufren como fracasos individuales, ante la falta de mediaciones capaces de sintetizarlas en una voluntad colectiva.

La hegemonía de la transición y el estallido de la negatividad

La "Transición", como ruta política obligada tras el fracaso de la vía armada, administró esta herencia consolidando una democracia clausurada, basada en consensos de élite y desarraigada de las organizaciones políticas o sociales aún existentes. Pero el modelo no se sostuvo sólo por coerción; construyó hegemonía, y he ahí el carácter totalizante del modelo. Produjo un "sentido común" basado en la meritocracia, el emprendimiento forzoso, el consumismo compensatorio y la culpa privada por el fracaso: en síntesis, la actitud del “sálvese quien pueda”.

Desarticulada la acción colectiva, emergió una sociedad hiperintegrada en el consumo, pero profundamente atomizada en su materialidad. En este contexto, la revuelta de 2019 fue la irrupción de una negatividad histórica: la manifestación de contradicciones acumuladas de un modelo que compró estabilidad macroeconómica a costa de vaciar progresivamente la integración social.

La masividad de Octubre reveló la profundidad del antagonismo, pero el posterior proceso constituyente mostró también los límites políticos de una sociedad fragmentada durante décadas por el neoliberalismo. La crisis logró erosionar la legitimidad del orden existente, pero no consolidar una nueva hegemonía capaz de articular un horizonte común suficientemente amplio y estable.

El problema no fue únicamente institucional. La dificultad radicó en algo más profundo: la ausencia de mediaciones orgánicas capaces de transformar esa energía destituyente en fuerza política duradera, arraigada socialmente y capaz de disputar materialmente el poder. La fragmentación heredada del neoliberalismo reapareció entonces también al interior del propio campo transformador, dificultando la construcción de una universalidad política capaz de trascender la dispersión de demandas particulares.

Hacia un nuevo bloque histórico

El dilema de la izquierda hoy no es la falta de malestar popular, sino la crisis de las formas históricas mediante las cuales ese malestar se convierte en poder organizado. El neoliberalismo alteró las condiciones ontológicas para la emergencia del sujeto político.

Por ello, la recomposición del socialismo no puede ser un ejercicio de nostalgia por el movimiento obrero del siglo XX. El desafío es dialéctico: articular políticamente a una clase trabajadora hoy fragmentada, heterogénea y precarizada, sin abandonar la crítica a la totalidad capitalista que origina su sufrimiento.

La izquierda enfrenta el imperativo de construir formas de contrahegemonía capaces de disputar en red a un sistema que domina en red. Esto exige abandonar dos callejones sin salida: la esterilidad del purismo testimonial, que se regocija en su marginalidad, y el cretinismo parlamentario, que cree que el Estado puede transformarse sin movilizar a la sociedad civil.

La disputa estratégica pasa por reconstruir el tejido social: crear nuevas instituciones populares, sindicales, territoriales y culturales que intervengan en la materialidad de la vida cotidiana. Una vanguardia desconectada es tan inútil como un asambleísmo sin dirección.

La gran tarea histórica del anticapitalismo es forjar un nuevo bloque histórico. Se trata de ofrecer un horizonte de sentido universal, capaz de transformar la angustia individual de la precariedad en una praxis colectiva de organización, poder popular y solidaridad activa.

Porque, en última instancia, frente a la barbarie del capital, nadie se salva solo.

Red editorial

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