La política también se disputa en femenino
Josefa Lazo reflexiona sobre las desigualdades estructurales que atraviesan la participación política de las mujeres y la necesidad de transformar las formas en que se ejerce el poder.
Hacer política nunca ha sido una experiencia neutral para las mujeres. Aunque la participación femenina ha crecido en los espacios de representación, las condiciones en que esa participación ocurre siguen estando atravesadas por desigualdades estructurales que limitan la incidencia, reproducen estereotipos y sostienen formas históricas de exclusión.
En esta columna, Josefa Lazo propone una lectura política de esas tensiones desde una perspectiva de izquierda, cuestionando la idea de que la igualdad pueda alcanzarse únicamente mediante una mayor representación. La autora sostiene que democratizar la política exige también transformar sus prácticas, sus códigos y las relaciones de poder que continúan operando incluso en organizaciones que buscan cambiar la sociedad.
La política nunca ha sido un terreno neutral
La política nunca ha sido un espacio neutral para las mujeres. No porque exista una incapacidad para participar de ella, sino porque históricamente ha sido construida sobre relaciones de poder que han definido quién puede hablar, decidir y representar. Esa experiencia no es abstracta: atraviesa la vida cotidiana de quienes militan, organizan y disputan espacios de conducción.
No partimos desde el mismo lugar ni hemos sido escuchadas de la misma manera. Sin embargo, las mujeres nunca hemos estado ausentes de la política. Hemos sostenido organizaciones, impulsado luchas colectivas y abierto caminos para nuevas generaciones, muchas veces enfrentando mayores exigencias que nuestros compañeros para demostrar la misma legitimidad.
Una desigualdad estructural, no individual
Desde una perspectiva de izquierda, estas desigualdades no son hechos aislados ni problemas individuales. Son parte de una estructura que también se expresa en la forma en que se organizan los espacios políticos: liderazgos concebidos desde parámetros masculinos, códigos de participación excluyentes y formas de reconocimiento que continúan reproduciendo jerarquías de género.
Es cierto que durante las últimas décadas se han conquistado avances importantes. La mayor presencia de mujeres en espacios de representación y la incorporación de principios de igualdad y paridad constituyen transformaciones relevantes. Sin embargo, la autora advierte que participar no siempre significa decidir. La representación, por sí sola, no garantiza incidencia política.
La política también se sostiene con cuidados
A ello se suma una sobreexigencia permanente. Las mujeres no solo son evaluadas por sus propuestas, sino también por su apariencia, su forma de expresarse, su liderazgo y la manera en que compatibilizan la actividad política con las responsabilidades de cuidado que siguen distribuyéndose de forma desigual. Estas exigencias responden a estereotipos profundamente arraigados que continúan condicionando la práctica política cotidiana.
La reflexión no se limita a denunciar estas desigualdades, sino que invita a cuestionar las propias reglas del juego. Adaptarse mejor a una estructura injusta no resuelve el problema de fondo. La tarea consiste en preguntarse por qué la política continúa reproduciendo relaciones que dice querer superar y por qué incluso organizaciones comprometidas con la transformación social mantienen dinámicas que perpetúan esas mismas lógicas.
Las contradicciones de la izquierda
La dimensión de los cuidados constituye otra expresión de estas desigualdades. Para muchas mujeres, militar implica reorganizar la totalidad de la vida cotidiana para sostener un compromiso político que rara vez considera las cargas domésticas, emocionales y comunitarias que recaen desigualmente sobre ellas. La política no ocurre al margen de esas condiciones materiales.
La autora reconoce además una contradicción que atraviesa a buena parte de la izquierda: espacios que buscan construir una sociedad más justa muchas veces reproducen internamente relaciones de poder que critican hacia afuera. Nombrar esa tensión no debilita el proyecto transformador; por el contrario, constituye una condición necesaria para fortalecerlo.
Transformar la política, no solo ocuparla
La historia de las mujeres en política también es una historia de organización y conquista colectiva. Ninguno de los avances alcanzados ha sido una concesión espontánea, sino el resultado de generaciones que disputaron espacios, ampliaron derechos y transformaron las condiciones de participación. Esa experiencia demuestra que la política siempre ha sido un terreno de disputa.
Por ello, la igualdad no puede entenderse únicamente como un incremento en la cantidad de mujeres que ocupan cargos de representación. Democratizar la política implica revisar sus prácticas, modificar sus códigos y construir formas distintas de liderazgo, más horizontales, más conscientes de los cuidados y más coherentes con los principios de justicia social que la izquierda dice defender.
Una democracia también feminista
Desde esa perspectiva, la autora concluye que no existe democracia plena sin igualdad de género ni transformación social verdadera mientras las voces de las mujeres continúen ocupando un lugar secundario o condicionado. Nombrar esas desigualdades no divide: lo que divide es su persistencia.
Hoy las mujeres ya no solo participan de la política. También cuestionan, proponen y construyen nuevas formas de ejercerla. No desde la periferia ni como invitadas, sino como protagonistas de un proceso histórico que busca transformar no solo quién ocupa los espacios de poder, sino también la forma misma en que ese poder se organiza y se ejerce.
"Las mujeres no somos espectadoras de la historia, sino constructoras de ella." — Laura Allende