Lo izquierdizado no te quita lo tarado

Ni clase obrera primero, ni mujer después. La urgencia de la doble militancia y la crítica a las jerarquías de opresión.

Durante mucho tiempo pensé que el feminismo y el marxismo iban de la mano. Hoy no estoy tan segura. Ambas teorías buscan desmantelar estructuras de poder y liberar a personas oprimidas, pero en la práctica a veces parece que ambas luchas marchan por carriles distintos, y que hay que construir un puente para que se encuentren en algún punto.

¿Por qué algo que suena tan coherente en el papel se vuelve tan difícil de sostener en la experiencia cotidiana?

Una no es primero clase obrera y después mujer (ni al revés). Es ambas, siempre. Ahí está el núcleo del problema: muchas veces, cuando se analizan las condiciones de trabajadores, se habla de un grupo homogéneo, como si todas las experiencias fueran equivalentes. Y no lo son. Mujeres no enfrentan los mismos obstáculos que hombres, aunque compartan clase social. Y esa diferencia también atraviesa los espacios de militancia.

I. La invisibilidad del sostenimiento: Roles de apoyo y agencia

En más de una instancia, las mujeres terminan ocupando roles de apoyo: organizan, cuidan, sostienen. Mientras tanto, otros ocupan los espacios de decisión. Se genera un desplazamiento sutil pero persistente desde los lugares de agencia hacia tareas invisibilizadas. Ahí aparece una doble exigencia: ser trabajadora y, además, sostener lo que falta.

Se establece una división del trabajo militante donde la operatividad recae en ellas, mientras la representatividad política sigue teniendo un rostro masculino.

II. Preguntas incómodas en espacios críticos

Aparecen interrogantes que no siempre queremos responder. Por ejemplo, cuando surgen denuncias hacia compañeros hombres, ¿cómo reaccionamos? A veces me pregunto si, incluso en espacios que se dicen críticos, no tendemos a creer primero en los cercanos, sin detenernos a cuestionar.

O cuando se definen candidaturas y liderazgos, ¿realmente partimos desde un lugar equitativo, o seguimos priorizando ciertas voces por inercia? La inercia patriarcal es, muchas veces, más fuerte que la declaración de principios.

III. La trampa de la "lucha urgente"

El feminismo, muchas veces, queda postergado “para después”, en nombre de una lucha que se define “más urgente”. Esta idea establece jerarquías entre opresiones, como si algunas pudieran esperar.

Postergar la liberación de las mujeres también es una forma de reproducir lo que se busca transformar. No existe una "contradicción principal" que justifique el silencio sobre las condiciones materiales y simbólicas de las mujeres dentro del movimiento.

IV. Hacia una liberación completa

Quizás el desafío no es elegir entre luchas, sino sostener la incomodidad de pensarlas juntas. La doble militancia no es una carga, sino una necesidad de coherencia.

  • Visibilidad: Las mujeres deben ser parte activa y escuchada en la toma de decisiones.
  • Transversalidad: El feminismo no es un anexo, es parte de la estructura.
  • Autocrítica real: Cuestionar las jerarquías informales que se forman en la "vanguardia".

Porque si las mujeres no son protagonistas en la lucha, entonces esa lucha queda incompleta. Y lo que queda incompleto difícilmente puede ser realmente liberador.

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La política también se disputa en femenino

Josefa Lazo reflexiona sobre las desigualdades estructurales que atraviesan la participación política de las mujeres y la necesidad de transformar las formas en que se ejerce el poder.

Hacer política nunca ha sido una experiencia neutral para las mujeres. Aunque la participación femenina ha crecido en los espacios de representación, las condiciones en que esa participación ocurre siguen estando atravesadas por desigualdades estructurales que limitan la incidencia, reproducen estereotipos y sostienen formas históricas de exclusión.

En esta columna, Josefa Lazo propone una lectura política de esas tensiones desde una perspectiva de izquierda, cuestionando la idea de que la igualdad pueda alcanzarse únicamente mediante una mayor representación. La autora sostiene que democratizar la política exige también transformar sus prácticas, sus códigos y las relaciones de poder que continúan operando incluso en organizaciones que buscan cambiar la sociedad.


La política nunca ha sido un terreno neutral

La política nunca ha sido un espacio neutral para las mujeres. No porque exista una incapacidad para participar de ella, sino porque históricamente ha sido construida sobre relaciones de poder que han definido quién puede hablar, decidir y representar. Esa experiencia no es abstracta: atraviesa la vida cotidiana de quienes militan, organizan y disputan espacios de conducción.

No partimos desde el mismo lugar ni hemos sido escuchadas de la misma manera. Sin embargo, las mujeres nunca hemos estado ausentes de la política. Hemos sostenido organizaciones, impulsado luchas colectivas y abierto caminos para nuevas generaciones, muchas veces enfrentando mayores exigencias que nuestros compañeros para demostrar la misma legitimidad.

Una desigualdad estructural, no individual

Desde una perspectiva de izquierda, estas desigualdades no son hechos aislados ni problemas individuales. Son parte de una estructura que también se expresa en la forma en que se organizan los espacios políticos: liderazgos concebidos desde parámetros masculinos, códigos de participación excluyentes y formas de reconocimiento que continúan reproduciendo jerarquías de género.

Es cierto que durante las últimas décadas se han conquistado avances importantes. La mayor presencia de mujeres en espacios de representación y la incorporación de principios de igualdad y paridad constituyen transformaciones relevantes. Sin embargo, la autora advierte que participar no siempre significa decidir. La representación, por sí sola, no garantiza incidencia política.


La política también se sostiene con cuidados

A ello se suma una sobreexigencia permanente. Las mujeres no solo son evaluadas por sus propuestas, sino también por su apariencia, su forma de expresarse, su liderazgo y la manera en que compatibilizan la actividad política con las responsabilidades de cuidado que siguen distribuyéndose de forma desigual. Estas exigencias responden a estereotipos profundamente arraigados que continúan condicionando la práctica política cotidiana.

La reflexión no se limita a denunciar estas desigualdades, sino que invita a cuestionar las propias reglas del juego. Adaptarse mejor a una estructura injusta no resuelve el problema de fondo. La tarea consiste en preguntarse por qué la política continúa reproduciendo relaciones que dice querer superar y por qué incluso organizaciones comprometidas con la transformación social mantienen dinámicas que perpetúan esas mismas lógicas.

Las contradicciones de la izquierda

La dimensión de los cuidados constituye otra expresión de estas desigualdades. Para muchas mujeres, militar implica reorganizar la totalidad de la vida cotidiana para sostener un compromiso político que rara vez considera las cargas domésticas, emocionales y comunitarias que recaen desigualmente sobre ellas. La política no ocurre al margen de esas condiciones materiales.

La autora reconoce además una contradicción que atraviesa a buena parte de la izquierda: espacios que buscan construir una sociedad más justa muchas veces reproducen internamente relaciones de poder que critican hacia afuera. Nombrar esa tensión no debilita el proyecto transformador; por el contrario, constituye una condición necesaria para fortalecerlo.


Transformar la política, no solo ocuparla

La historia de las mujeres en política también es una historia de organización y conquista colectiva. Ninguno de los avances alcanzados ha sido una concesión espontánea, sino el resultado de generaciones que disputaron espacios, ampliaron derechos y transformaron las condiciones de participación. Esa experiencia demuestra que la política siempre ha sido un terreno de disputa.

Por ello, la igualdad no puede entenderse únicamente como un incremento en la cantidad de mujeres que ocupan cargos de representación. Democratizar la política implica revisar sus prácticas, modificar sus códigos y construir formas distintas de liderazgo, más horizontales, más conscientes de los cuidados y más coherentes con los principios de justicia social que la izquierda dice defender.

Una democracia también feminista

Desde esa perspectiva, la autora concluye que no existe democracia plena sin igualdad de género ni transformación social verdadera mientras las voces de las mujeres continúen ocupando un lugar secundario o condicionado. Nombrar esas desigualdades no divide: lo que divide es su persistencia.

Hoy las mujeres ya no solo participan de la política. También cuestionan, proponen y construyen nuevas formas de ejercerla. No desde la periferia ni como invitadas, sino como protagonistas de un proceso histórico que busca transformar no solo quién ocupa los espacios de poder, sino también la forma misma en que ese poder se organiza y se ejerce.

"Las mujeres no somos espectadoras de la historia, sino constructoras de ella." — Laura Allende

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¿Salud para un solo cuerpo?

Cuando un solo cuerpo se convierte en la medida de todos los demás, la desigualdad deja de ser una opinión y se transforma en una práctica médica.

¿Existe un cuerpo o mente estándar?

¿Existe un cuerpo o mente estándar? Según la ciencia sí existe, y es el cuerpo y mente masculina. ¿Y qué es la salud? Según la OMS, es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de afecciones o enfermedades. Sin embargo, este ideal está lejos de alcanzarse si la ciencia insiste en ignorar a la mitad de la población mundial.

Durante siglos, las investigaciones médicas y psicológicas han querido tener “neutralidad” en sus estudios, haciendo que estos se basen principalmente en estudios androcéntricos. Esto quiere decir que se usa el cuerpo masculino como el molde universal para el desarrollo científico, quitando de los ensayos lo “anómalo” o la “excepción” de un cuerpo femenino, bajo el pretexto de sus fluctuaciones hormonales, y llegando así a lograr la “neutralidad”.

Esto genera un problema estructural en la salud, ya que la producción de conocimiento está sesgada, sumado a que la enseñanza del personal de salud es de carácter más bien deficiente y carente de una perspectiva de género, genera que la atención hacia las mujeres resulta insuficiente, y que no considere sus diferencias y particularidades. Además, hay que considerar que los múltiples sesgos y creencias previas hacia las mujeres generadas por la sociedad patriarcal, afectan a su atención en salud.


La exclusión de las mujeres en la producción del conocimiento

A la base de todo esto, tenemos una sociedad en donde históricamente se ha relegado a las mujeres de múltiples áreas de la vida, siendo el área del conocimiento una de las más destacadas. Así, las mujeres científicas han sido constantemente excluidas de la producción y generación de conocimiento en materia de salud.

Desde el feminismo epistémico, se enfatiza la importancia del sujeto que construye la ciencia, en donde la exclusión e invisibilización de mujeres científicas impide un buen desarrollo de una ciencia con perspectiva de género, que mejore los aspectos inclusivos en los ensayos clínicos y por tanto, se genere un conocimiento que no quede en deuda con las mujeres en lo que a su atención de salud se refiere.

De este modo, el conocimiento generado por y para hombres llega a las universidades, lo cual forma profesionales que únicamente saben atender a un cierto tipo de cuerpo. Esta formación sesgada, sumada a los estereotipos generados por la sociedad hacia las mujeres, tales como: su supuesta excesiva emocionalidad, el hecho de ser exageradas, histéricas o simplemente considerarlas con menos importancia por el simple hecho de ser mujer, afectan en su tratamiento, procedimientos y diagnóstico.


Cuando el sesgo se convierte en diagnóstico

Con base en toda la información previamente plasmada, son claros los ejemplos que demuestran esta dinámica desigual.

Uno de estos casos se puede comprobar en el ámbito de la farmacología, en donde los estudios de los medicamentos se hacen principalmente en varones, ya que el cuerpo femenino se ve “afectado” y “alterado” por los constantes cambios hormonales. Esto desemboca en el hecho de que, cuando los fármacos entran al mercado, pongan en riesgo la integridad y bienestar de las mujeres.

Esto se puede apreciar específicamente en el caso de algunos fármacos psiquiátricos que han salido a la venta, como por ejemplo el zolpidem, los cuales adormecian más de lo usual a las mujeres, debido a que el nivel de metabolización de estos medicamentos es diferente entre ambos sexos y las mujeres lo sacan de su cuerpo a un ritmo más paulatino.

Además, se ha mostrado que los médicos recetan más medicamentos psiquiátricos del tipo ansiolítico a mujeres que a hombres en diversas atenciones, no exclusivamente atención psiquiátrica, generando un sesgo sobre una supuesta mayor emocionalidad e inestabilidad en relación a síntomas corporales experimentados por estas.

Otro ejemplo a mencionar es la medicina cardiovascular, en donde hay diversos estudios que se contraponen. Algunos mencionan que la sintomatología y los signos de un ataque de corazón son diferentes entre hombres y mujeres, aunque otros mencionan que no lo son. Sin embargo, todos los estudios convergen en el hecho de que hay sesgos en la atención, en donde a los hombres se le hacen más estudios exploratorios en comparación con las mujeres, debido a que los tratantes creen que estos síntomas en mujeres, se deben más a “afecciones emocionales” que a genuinos síntomas de ataques cardíacos.


Neurodivergencia y subdiagnóstico

Y por último pero no menos importante, se destaca el caso del subdiagnósticos de las mujeres con TEA o con TDAH, situación en donde los estudios generan evaluaciones y diagnósticos orientados hacia hombres, insertos en una cultura patriarcal y con cierto margen comportamental y conductual.

En el caso de mujeres que se encuentran dentro del espectro autista, tienden a recibir diversos diagnósticos como bipolaridad, depresión o TLP, antes de llegar al diagnóstico verdadero. Esto se debe a que, socialmente, a las mujeres se les enseña adaptarse y a ocultar lo diferente, generando de esta manera el “masking” o camuflaje social, que conlleva como consecuencia el agotamiento emocional, y por tanto, posibles cuadros depresivos.

En el caso de las mujeres con TDAH, se les enseña desde pequeñas a ser más sosegadas, tranquilas, quietas y a jugar de una forma más pasiva. Por lo tanto, la expresión de los síntomas está más orientada a “vivir en las nubes”, ser desorganizadas o derechamente a la inatención. Por el lado contrario, con respecto a los hombres, estos tienden a presentar una sintomatología de corte más impulsivo e hiperactivo.

Es por esto que, como a las niñas no se les permite demostrar conductas disruptivas, no se les presta la debida atención, a pesar de cargar con el sufrimiento interno o con las posibles y múltiples complicaciones que esto le pueda generar en las tareas de la vida cotidiana y/o en los estudios.


Un derecho, no una utopía

Mi punto es claro, si la medicina y la psicología sigue excluyendo deliberadamente a las mujeres -tanto investigadas como investigadoras- bajo una supuesta premisa de rigor científico, la visión de la OMS sobre una salud como un estado completo de bienestar físico, mental y social, sólo seguirá siendo una utopía para la mitad de la población mundial.

Resulta evidente la necesidad de un cambio estructural: los comités científicos tienen que fomentar a más científicas y rechazar los estudios que excluyan a los cuerpos femeninos. Las universidades deben impartir conocimientos con perspectiva de género y capacidad de crítica social para garantizar una buena atención.

Exigir una atención en salud que considere algo tan básico como el cuerpo en el que habitamos, con sus distinciones y particularidades, no debería ser una fuente de complicaciones o de malos diagnósticos, sino que debería ser un derecho humano.

Se debe garantizar una salud que no nos mal diagnostique, que no nos juzgue y que no minimice nuestras dolencias.

Pero la ciencia se niega a vernos y a estudiarnos, siendo que siempre estuvimos ahí, y cito a Julieta Kirkwood:

“¿Se trata de otra ciencia invisible o se trata de un saber eternamente expropiado, alienado?”

Red editorial

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