Un corazón que lo da todo también se cansa
En Chile, el trabajo de cuidados sostiene silenciosamente miles de hogares, pero continúa recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. Mientras el afecto es utilizado para justificar una entrega incondicional, la sobrecarga física y emocional de las mujeres cuidadoras permanece invisibilizada y sin el respaldo que requiere una responsabilidad que debería ser colectiva.
1. El trabajo que sostiene la vida
Si el cuidado dependiera únicamente de lo que puede pagarse, nuestra sociedad difícilmente podría sostenerse. Miles de hogares funcionan gracias al trabajo cotidiano de mujeres que cuidan desde el afecto, la responsabilidad y el compromiso con quienes más lo necesitan.
Sin embargo, esta realidad tiene un costo profundamente desigual. Según el Informe Nacional de Cuidados 2024, las mujeres representan el 71,7% de las personas cuidadoras en Chile y concentran la mayor parte del cuidado de personas mayores y personas con discapacidad. Se trata de jornadas extensas, sin remuneración y, muchas veces, sin posibilidad de descanso.
2. Cuando el amor reemplaza al apoyo
El valor del cuidado no puede reducirse a una transacción económica. Para muchas mujeres, la principal recompensa es el bienestar de la persona cuidada, una sonrisa o un día sin dolor.
Pero precisamente ese vínculo afectivo ha servido para justificar una lógica peligrosa: asumir que quien cuida puede hacerlo indefinidamente porque "lo hace por amor". Bajo esa idea, el cuidado deja de entenderse como una responsabilidad social y pasa a convertirse en una obligación individual asumida casi exclusivamente por las mujeres.
3. El cuidado también es una cuestión política
La autora sostiene que el problema trasciende el ámbito familiar. Cuando el Estado, las comunidades y las propias familias delegan el cuidado únicamente en las mujeres, están tomando una decisión política que profundiza las desigualdades de género.
"Es aquí donde el cuidado revela su dimensión política, en el entendido de que sostener la vida y la salud de los más vulnerables no puede seguir siendo un asunto privado que se resuelva a puertas cerradas en la intimidad del hogar."
La privatización del cuidado transforma una necesidad colectiva en una carga individual, invisibilizando el desgaste físico y emocional que implica sostener diariamente la vida de otras personas.
4. La romantización del sacrificio
La idea de que "el amor todo lo soporta" termina justificando el abandono. En lugar de generar redes de apoyo, esta narrativa normaliza que las mujeres posterguen su salud, sus proyectos personales y su bienestar para responder a una responsabilidad que nadie más asume.
Los datos del Informe Nacional de Cuidados muestran que el 42,9% de las personas cuidadoras presenta síntomas graves de ansiedad o depresión, consecuencia directa de jornadas prolongadas y de la ausencia de espacios de descanso.
5. Del sacrificio a la corresponsabilidad
Reconocer el trabajo de cuidados exige mucho más que valorar simbólicamente a quienes lo realizan. Supone construir políticas públicas, fortalecer redes comunitarias y promover una distribución más justa de las responsabilidades al interior de las familias y de la sociedad.
Mientras el cuidado siga descansando sobre el sacrificio silencioso de las mujeres, la desigualdad continuará reproduciéndose bajo la apariencia del amor y la vocación.
Conclusión: Cuidar con dignidad
El trabajo de cuidados sostiene la vida, pero no puede seguir haciéndolo a costa de la salud física y mental de quienes lo realizan. Como plantea Úrsula Soto, reconocer el cuidado implica abandonar la lógica del sacrificio femenino y avanzar hacia una verdadera corresponsabilidad social.
"Solo así se dejará de romantizar el sacrificio diario de una mujer cuidadora, transformándolo en un pilar de bienestar común, en una tarea colectiva, donde cuidar no signifique postergar la propia vida y donde el cuidado debe nacer del respaldo y la dignidad, nunca más del sacrificio solitario."