GÉNERO al servicio del capital

Mientras las grandes marcas de moda llenan sus campañas de mensajes sobre **empoderamiento femenino, diversidad e igualdad**, existe una realidad mucho menos visible que sostiene gran parte de la industria textil global. Millones de mujeres trabajan diariamente en fábricas de confección bajo condiciones laborales precarias y salarios insuficientes para mantener la vida humana.

1. La feminización de la precariedad textil

Desde la Revolución Industrial hasta las actuales cadenas globales de suministro, la producción de vestuario ha dependido de grandes contingentes de mano de obra barata. Hoy, esa mano de obra es mayoritariamente femenina.

En países como Bangladesh, India, Vietnam o Camboya, las mujeres representan entre el 70% y el 80% de la fuerza laboral de la confección (Amnistía Internacional, 2025). Son ellas quienes producen gran parte de las prendas que posteriormente se comercializan en los mercados de Europa, Norteamérica y otras economías desarrolladas.

2. Extracción de plusvalía y relocalización global

Desde una perspectiva marxista, la acumulación capitalista depende de la extracción de plusvalía, es decir, de la apropiación del valor generado por el trabajo. La búsqueda permanente de menores costos laborales constituye de esta manera uno de sus principios fundamentales.

En el contexto actual de la globalización, esta lógica se materializa mediante la relocalización de la producción hacia territorios donde la mano de obra resulta más barata y donde las posibilidades de organización laboral son políticamente más limitadas.

3. Patriarcado y capital: El enfoque de género

Sin embargo, el enfoque de género permite profundizar aún más este análisis. Como ha argumentado Silvia Federici:

"El capitalismo no solo se desarrolló mediante la explotación del trabajo asalariado, sino también a través de la subordinación económica de las mujeres y la desvalorización sistemática de su trabajo."

La división sexual del trabajo no es un fenómeno externo a la economía capitalista; constituye una de las condiciones históricas que facilitaron su expansión. Bajo esta lógica, las mujeres han sido incorporadas a determinados sectores productivos precisamente porque las estructuras sociales existentes permiten remunerar su trabajo por debajo de su valor real.

4. Interseccionalidad y consumo en el Norte Global

La explotación de las mujeres en la industria textil también evidencia las profundas desigualdades que atraviesan al propio género femenino. Como expone Angela Davis:

"Las experiencias de las mujeres están determinadas por relaciones de clase, raza y ubicación geográfica."

La globalización ha configurado cadenas productivas donde las posibilidades de consumo de algunas mujeres se encuentran vinculadas a las condiciones laborales precarias de otras. El acceso a ropa de bajo costo en los países del Norte Global descansa, en parte, sobre el trabajo mal remunerado de millones de trabajadoras en el Sur Global.

5. Las contradicciones de la autonomía en el mercado

Esto no implica desconocer que el empleo industrial ha permitido a muchas mujeres acceder a ingresos propios y ampliar ciertos márgenes de autonomía económica. El trabajo remunerado puede generar transformaciones importantes en las relaciones familiares y comunitarias.

Sin embargo, al reconocer estos avances no se puede ignorar las condiciones bajo las cuales se producen. La incorporación de las mujeres al mercado laboral no elimina automáticamente las relaciones de explotación; en muchos casos, simplemente las reorganiza bajo nuevas formas.


Conclusión: El pilar invisible del sistema

Sostener una perspectiva feminista sobre la industria textil no se trata de celebrar la participación de las mujeres en el mundo del trabajo, ni tampoco se reduce a elecciones individuales de consumo. El problema central radica en la forma en que el capitalismo global continúa utilizando desigualdades de género históricamente construidas para maximizar beneficios económicos.

¿Qué significa hablar de igualdad y empoderamiento mientras la rentabilidad de una de las industrias más importantes del planeta continúa dependiendo del trabajo precarizado de mujeres?

La respuesta se encuentra en las estructuras económicas que convierten las desigualdades de género en ventajas competitivas y que, hasta el día de hoy, siguen siendo uno de los pilares invisibles del capitalismo global.

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De la fe y la revolución

Una defensa de la compatibilidad entre el catolicismo y la teoría materialista frente al individualismo neoliberal.

Introducción

Hoy, decir que crees en Dios, que vas a la iglesia, que agradeces por los alimentos, que oras, es mirado de manera extraña en la izquierda. Quizá no con prejuicio, pero sí como algo fuera de la caja.

Siempre ha existido en la izquierda una especie de ateísmo militante, a veces incluso con burla de la religión, a la fe de la gente. La modernidad ha acrecentado notoriamente esta sensación que, no solamente es errónea, sino que no entiende la realidad nacional y del pueblo. Recordemos: Chile aún es mayoritariamente cristiano, y sobre ello, también mayoritariamente católico.

Este texto no busca imponer dicha fe, busca mostrar que no solo es compatible con las ideas revolucionarias, sino que estas son incluso obligatorias para los cristianos en el siglo XXI.

I. La Contradicción del Régimen Neoliberal

"Vivimos en un mundo cada vez más individualizado donde se ha perdido el sentido de comunidad. El tejido social ha sido reemplazado por el consumo y el egoísmo social."

Hace solo un par de décadas existía un verdadero tejido social en Chile. Había comunidad. Así mismo, y como principal impulsor de este sentimiento tan básico como lo es ayudar o al menos ponerte en el lugar del prójimo, Chile era un país abrumadoramente creyente.

Vivimos en un mundo en que además se han acrecentado cada vez más las diferencias de clase y las contradicciones del regimen capitalista -que ahora más encima es neoliberal-, en el que nuestra nacion y hermanos del sur global nos hemos visto constantemente amenazados por las potencias dominantes de Occidente. El capital nacional y el extranjero defienden sus intereses. Defendamos los nuestros.

II. Lo Incómodo: La Devoción sin Praxis

Es sabido que hay muchos creyentes e incluso autoridades religiosas, que pregonan su devoción a Dios y a los principios tan hermosos que hasta más el huido de luz reconoce, sin embargo, no practican verdaderamente la solidaridad.

Mateo 21: 28-32 / «Un Hombre tenía dos hijos. Llegandóse al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña. Y el respondió: "No quiero", pero después se arrepintió y fue. Llegandose al segundo, le dijo lo mismo. Y el respondió "Voy, señor", y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?»

—«El primero» —le dicen.

Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él.»

Conclusión

Sobre la misma línea: es innegable la corrupción y abusos, sumado a encubrimientos, que han ocurrido en nuestra iglesia. Esto sumado al clericalismo y la falta de control. El Papa Benedicto XVI inició un proceso de firmeza y reconocimiento frente a estas vejaciones, proceso que el Papa Francisco ha profundizado con reformas y mayor transparencia, en línea con su reconocida política de apertura de la Iglesia, que también ha continuado el Papá León XIV. Estos cambios no borran el daño, pero muestran que vamos por un camino cada vez más cercano a la palabra de Jesús.

Hoy más que nunca ser patriota, socialista y católico no es una contradicción ni un juego, es una responsabilidad. En un mundo que normaliza la desigualdad, la injusticia, el egoísmo social y la indiferencia, la fe ya no puede ser un premio o consuelo individual, sino un motor de transformación colectiva. No basta con rezar, hay que organizarse y actuar.

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La derrota histórica

Cómo el neoliberalismo chileno destruyó las mediaciones colectivas capaces de transformar antagonismos sociales en proyecto político.

Durante décadas, gran parte del análisis político chileno interpretó el neoliberalismo, de manera restrictiva, como un mero modelo de gestión macroeconómica. Sin embargo, su verdadera profundidad histórica radicó en algo mucho más totalizante: la transformación material de las formas de vida, la reorganización metabólica de la sociedad y la reconfiguración de la subjetividad en Chile.

El neoliberalismo no solo alteró los mercados; modificó las condiciones ontológicas bajo las cuales podía emerger un sujeto político colectivo.

Comprender el Chile contemporáneo exige abandonar las lecturas puramente morales y aquellas interpretaciones que reducen la crisis orgánica actual a un problema de "comunicación", "brechas generacionales" o diseño institucional. La fragmentación social y la incapacidad para sostener proyectos históricos duraderos no son anomalías del sistema, sino el éxito histórico de décadas de reestructuración material, cultural y organizativa impuesta por el capital.

La aparente paradoja de una sociedad profundamente atravesada por antagonismos de clase, pero incapaz de traducirlos en una política de clases coherente, es la expresión más nítida de esta derrota histórica.

Del capitalismo industrial a la alienación financiera

Las últimas décadas marcaron una profunda reorganización global en el proceso de acumulación. La crisis del modelo fordista-industrial dio paso a un un capitalismo financiarizado, logístico y fragmentado, que profundizó lo que Marx denominaba la subsunción real de la vida al capital; es decir, un proceso donde ya no solo el trabajo, sino crecientemente la vida cotidiana, el tiempo, los afectos y la reproducción social quedan subordinados a las necesidades de acumulación del mercado.

El espacio clásico de concentración y socialización obrera —la fábrica— fue desplazado por redes dispersas de subcontratación y trabajo precarizado. Al retroceder la estabilidad material, se erosionaron las bases que permitían la conciencia de clase y las solidaridades duraderas. La dominación mutó hacia formas más capilares y abstractas. Hoy, el capital no requiere de la figura de un patrón visible para ejercer su coerción; opera mediante la cosificación de la vida cotidiana a través de:

  • El endeudamiento masivo como mecanismo de disciplinamiento social.
  • La tercerización y la fragmentación del tejido productivo.
  • La algoritmización y la explotación encubierta en plataformas digitales.
  • La mercantilización de la reproducción de la vida y los cuidados.

El neoliberalismo no solo reorganizó la economía; expropió el tiempo, segregó el espacio y alienó la existencia social.

Chile y la revolución pasiva neoliberal

En Chile, esta transformación fue radical. La dictadura cívico-militar no se limitó a imponer una ortodoxia económica, sino que operó como una fuerza destructiva contra las mediaciones históricas del mundo popular: sindicatos, cordones industriales, partidos de masas y redes de sociabilidad comunitaria.

La Constitución de 1980 cristalizó jurídicamente esta derrota, subordinando áreas vitales —pensiones, salud, educación, vivienda, e incluso el agua— a la lógica de la valorización del capital.

El principio de subsidiariedad no fue una simple "retirada del Estado". Fue una intervención estatal activa para destruir las instituciones de mediación comunitaria (mutuales, cooperativas, asambleas) y reemplazarlas por el mercado. El Estado chileno produjo activamente el mercado, transfiriendo la provisión de derechos al consumo, el crédito y la competencia como forma de acción social. El mercado se erigió así como el principio rector de la totalidad social.

Particularidad identitaria y la crisis de la universalidad

La fragmentación contemporánea no ha hecho desaparecer las contradicciones de clase. Al contrario, estas siguen estructurando la base material de la sociedad. El problema es que, desde una perspectiva dialéctica, hoy vivimos encerrados en la particularidad.

Las justas luchas identitarias, territoriales, ecológicas o de género no existen en el vacío; están atravesadas por las relaciones materiales de reproducción. La posición de clase sigue determinando quién tiene el tiempo y los recursos para desarrollar un proyecto de vida autónomo. El error no está en estas identidades, sino en la ausencia de un horizonte universalizador.

El neoliberalismo no eliminó el antagonismo capital-trabajo, sino que lo estalló en múltiples expresiones de precariedad: segregación urbana, angustia habitacional, crisis de cuidados y aislamiento. El triunfo ideológico del modelo es que estas contradicciones estructurales se sufren como fracasos individuales, ante la falta de mediaciones capaces de sintetizarlas en una voluntad colectiva.

La hegemonía de la transición y el estallido de la negatividad

La "Transición", como ruta política obligada tras el fracaso de la vía armada, administró esta herencia consolidando una democracia clausurada, basada en consensos de élite y desarraigada de las organizaciones políticas o sociales aún existentes. Pero el modelo no se sostuvo sólo por coerción; construyó hegemonía, y he ahí el carácter totalizante del modelo. Produjo un "sentido común" basado en la meritocracia, el emprendimiento forzoso, el consumismo compensatorio y la culpa privada por el fracaso: en síntesis, la actitud del “sálvese quien pueda”.

Desarticulada la acción colectiva, emergió una sociedad hiperintegrada en el consumo, pero profundamente atomizada en su materialidad. En este contexto, la revuelta de 2019 fue la irrupción de una negatividad histórica: la manifestación de contradicciones acumuladas de un modelo que compró estabilidad macroeconómica a costa de vaciar progresivamente la integración social.

La masividad de Octubre reveló la profundidad del antagonismo, pero el posterior proceso constituyente mostró también los límites políticos de una sociedad fragmentada durante décadas por el neoliberalismo. La crisis logró erosionar la legitimidad del orden existente, pero no consolidar una nueva hegemonía capaz de articular un horizonte común suficientemente amplio y estable.

El problema no fue únicamente institucional. La dificultad radicó en algo más profundo: la ausencia de mediaciones orgánicas capaces de transformar esa energía destituyente en fuerza política duradera, arraigada socialmente y capaz de disputar materialmente el poder. La fragmentación heredada del neoliberalismo reapareció entonces también al interior del propio campo transformador, dificultando la construcción de una universalidad política capaz de trascender la dispersión de demandas particulares.

Hacia un nuevo bloque histórico

El dilema de la izquierda hoy no es la falta de malestar popular, sino la crisis de las formas históricas mediante las cuales ese malestar se convierte en poder organizado. El neoliberalismo alteró las condiciones ontológicas para la emergencia del sujeto político.

Por ello, la recomposición del socialismo no puede ser un ejercicio de nostalgia por el movimiento obrero del siglo XX. El desafío es dialéctico: articular políticamente a una clase trabajadora hoy fragmentada, heterogénea y precarizada, sin abandonar la crítica a la totalidad capitalista que origina su sufrimiento.

La izquierda enfrenta el imperativo de construir formas de contrahegemonía capaces de disputar en red a un sistema que domina en red. Esto exige abandonar dos callejones sin salida: la esterilidad del purismo testimonial, que se regocija en su marginalidad, y el cretinismo parlamentario, que cree que el Estado puede transformarse sin movilizar a la sociedad civil.

La disputa estratégica pasa por reconstruir el tejido social: crear nuevas instituciones populares, sindicales, territoriales y culturales que intervengan en la materialidad de la vida cotidiana. Una vanguardia desconectada es tan inútil como un asambleísmo sin dirección.

La gran tarea histórica del anticapitalismo es forjar un nuevo bloque histórico. Se trata de ofrecer un horizonte de sentido universal, capaz de transformar la angustia individual de la precariedad en una praxis colectiva de organización, poder popular y solidaridad activa.

Porque, en última instancia, frente a la barbarie del capital, nadie se salva solo.

Red editorial

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