Tuvimos nuestro Mayo francés

Paralelos históricos entre el Octubre chileno y el Mayo del 68: del asalto a la imaginación a la hegemonía de la ultraderecha.

El coloso con pies de barro y la sociabilidad fascista dejaron de ser un mero supuesto teórico y, lamentablemente, se han vuelto carne. Aquellas acertadas advertencias hoy nos acechan como el más temido de los fantasmas, y a pesar de la gran derrota que significó el acceso a la presidencia de José Antonio Kast, me tomo el atrevimiento —y renuncio a toda pretensión de originalidad— de recordarle a todo quien lea esta humilde columna que toda derrota es temporal.

Haciendo la vista para atrás a ese octubre de 2019 que hoy es tan lejano, esos años eran realmente una puerta abierta para un país nuevo donde el hombre y la mujer libres caminaran por las grandes alamedas abiertas una vez más. Hoy eso no es más que un recuerdo raro que muchos miran con desdén, ya sea por ser el recordatorio de un fracaso, una cruz pesada o simplemente una ventana a un episodio que se recuerda con nostalgia, pero cuyo desenlace vivimos hoy con pesar.

A raíz de esto, más de una vez me he visto hablando con el techo de mi habitación pensando: “¿Los jóvenes franceses de 1968 se habrán sentido así?, ¿Tuvimos acaso nuestro propio Mayo francés?”.

I. De las alamedas abiertas al repliegue autoritario

Es difícil pensar en todo esto sin sentir un poco de pena. Es triste recordar cómo a mis tiernos 14 años tenía en mi corazón la profunda esperanza y seguridad de estar por presenciar las grandes alamedas abiertas. Los paralelos con ese lejano año 1968 son, por lo menos, curiosos. Una generación de jóvenes impetuosos, furiosos y conducidos por una bella utopía que se terminó convirtiendo en un golpe bastante duro.

En Francia, significó el aplastante triunfo gaullista en las elecciones del mismo año y el descrédito de la izquierda tradicional; mientras que en Chile significó el ascenso y hegemonización de las instituciones democráticas por parte de la ultraderecha, más específicamente, el Partido Republicano. Vemos cómo, tras esto, la reacción se hace con el control de un Estado que ha mutado hacia el estatismo autoritario, permitiendo a las clases dominantes volver a construir su hegemonía mediante el discurso del orden.

II. Contra la claudicación: La alternativa socialista necesaria

¿Significa esto que debemos quedarnos absortos en un devenir consumista e individualista enmascarado como libertad individual? Para nada. No debemos claudicar ante el "orden gaullista" criollo, sino que debemos plantear necesariamente una alternativa socialista.

El Mayo francés nos enseñó que no es suficiente con llevar la imaginación al poder; es necesaria una alternativa que realmente sea posible y que nos permita enterrar al coloso con pies de barro.

Hay que entender al Estado como lo que realmente es: un campo de batalla. Es el espacio donde se concentran las relaciones sociales y donde libraremos nuestras luchas. Pero ojo, esto no significa encerrarse en el Estado; significa que debemos estar presentes tanto en la institucionalidad como en la movilización y acción popular.

III. La encrucijada chilena: Institucionalidad y democracia directa

Corresponde así la coordinación efectiva entre la gestión del ejecutivo con formas de democracia directa desde abajo. El objetivo debe ser la expansión de las libertades formales conquistadas por las luchas populares, la radicalización de la democracia y el control obrero sobre los medios de producción y las decisiones estatales.

Así mismo, debemos combatir la atomización del cuerpo social propia del neoliberalismo. Esta es la única cura contra la sociabilidad fascista que se esparce cual enfermedad en nuestra sociedad. Chile hoy se encuentra en la encrucijada que Francia no supo resolver en 1968. Si no somos capaces de construir una alternativa que tome en sus manos los rumbos de su destino, terminaremos administrando la barbarie que ya vemos en otras latitudes.

IV. La lección del estallido

La verdadera lección del estallido no debe ser el repliegue conservador, sino la urgencia de una nueva democracia profunda. Solo un proyecto socialista democrático, nacional y popular que transforme la estructura misma del Estado podrá evitar que Chile termine en la larga noche del autoritarismo neoliberal.

No creo ser el primero en reflexionar sobre el tema y probablemente no vaya a ser el último. Como buen socialista, me encanta discutir como si constantemente tuviese a alguien pisándome el pie; sin embargo, hoy mis pies están tristemente estáticos sobre los mismos adoquines que en aquel lejano mayo escondían toda una playa.

Qué lejos queda aquel mayo, lejos aquel París. Qué lejos queda aquel octubre, lejos aquel Santiago.

SIGUE · 02 Continuar la lectura Continúa por Historia y memoria. Desde «Tuvimos nuestro Mayo francés».

La batalla por el sentido común en Chile

Una reflexión sobre la vigencia del pensamiento de Antonio Gramsci para comprender la polarización política chilena, el papel de la hegemonía cultural y la disputa por la memoria como un conflicto que sigue definiendo el presente democrático.

La persistente polarización política en Chile suele expresarse mediante descalificaciones que reducen el debate público a consignas y etiquetas. Sin embargo, detrás de esa confrontación cotidiana existe una disputa mucho más profunda: la lucha por construir el sentido común que organiza la forma en que una sociedad comprende su historia, interpreta su presente y proyecta su futuro.

En esta columna, Johakin Becerra Fuentealba recupera el pensamiento de Antonio Gramsci para analizar cómo la hegemonía cultural ha marcado la historia política chilena desde la Unidad Popular hasta nuestros días. A través de este recorrido, sostiene que las disputas por la educación, los medios de comunicación y la memoria histórica siguen siendo un componente decisivo de la democracia contemporánea.


La batalla por el sentido común

La batalla cultural de hoy en día se ve reflejada de forma cotidiana en la violencia del lenguaje político, donde la izquierda es despectivamente encasillada bajo el término de "comunachos" y la derecha es tildada de "fachos". Sin embargo, lejos de ser una simple riña de adjetivos, estas rivalidades encuentran una explicación profunda en la teoría de la hegemonía cultural formulada por Antonio Gramsci, el influyente filósofo político marxista italiano.

El poder de la hegemonía

Gramsci nos advertía que la clase dominante no solo gobierna mediante la coerción y la fuerza física del Estado —lo que él llamaba "sociedad política"— sino, fundamentalmente, a través del consenso y la dirección cultural, es decir, la "sociedad civil".

Para el pensador italiano, instituciones como la Iglesia, el sistema educativo y los medios de comunicación son los verdaderos campos de batalla donde se fabrican las formas de pensar de una época. Según su teoría, el poder real es invisible y se aloja en el sentido común de la gente; por lo tanto, para transformar radicalmente una sociedad, primero se debe librar y ganar una "guerra de posiciones" en el terreno de la cultura.


Cuando la cultura también fue un campo de batalla

En Chile, esta disputa ideológica se vio dramáticamente remarcada a partir de 1970 con el triunfo de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Con un país socialmente fracturado, comenzó una guerra de trincheras culturales donde el gobierno buscaba transformar las bases de la educación, mientras la oposición conservaba el control de los grandes medios de comunicación de masas.

La disputa por el relato

Un caso emblemático fue el diario El Mercurio, el cual —como demostrarían posteriormente documentos desclasificados— recibió financiamiento estratégico de los Estados Unidos, a través de la CIA, para desestabilizar el proyecto de la Unidad Popular.

Fue mediante esta sofisticada intervención en el relato mediático que la ciudadanía comenzó a profundizar su distanciamiento político y su polarización.


La victoria cultural de la dictadura

Sin embargo, esta fase de la batalla cultural terminó siendo ganada de forma coercitiva por la derecha chilena tras el golpe de Estado de 1973. La dictadura civil-militar liderada por Augusto Pinochet comprendió perfectamente la máxima gramsciana de que el poder requería control cultural e ideó un estricto plan de censura y propaganda masiva.

La construcción de una memoria fragmentada

El régimen clausuró voces disidentes y construyó una realidad oficial. Es por ello que hoy subsiste una memoria escindida: sectores de la población que vivieron bajo la burbuja de los medios oficiales de la época recuerdan aquellos años como un periodo de "orden, empleo y estabilidad económica", repitiendo la narrativa impuesta.

Esta visión contrasta radicalmente con las estadísticas internacionales, las masivas denuncias de violaciones a los Derechos Humanos y la devastadora crisis económica de 1982.


Una disputa que sigue abierta

A más de medio siglo de aquellos acontecimientos, el fantasma de Gramsci sigue recorriendo Chile. La persistencia de los epítetos "facho" y "comunacho" en el debate contemporáneo demuestra que las heridas del pasado no eran solo económicas o institucionales, sino profundamente culturales.

Democratizar la memoria

La dictadura chilena logró inocular un sentido común neoliberal que rigió el país durante décadas, demostrando que quien controla el relato del pasado controla la agenda del futuro.

La lección que nos deja esta historia es que las verdaderas revoluciones y contrarrevoluciones no se consolidan en los palacios de gobierno, sino en las aulas, en las pantallas y en las mentes de los ciudadanos.

Mientras la sociedad chilena no sea capaz de deconstruir críticamente esos dogmas heredados y construir un espacio de diálogo basado en la verdad histórica, la batalla cultural seguirá cobrándose la cohesión social de nuestra democracia.

SIGUE · 03 Continuar la lectura Continúa por Política y Izquierda y socialismo. Desde «La batalla por el sentido común en Chile».

Sobre la democracia vacía y el neoliberalismo autoritario

El presente artículo ofrece un diagnóstico crítico, desde una perspectiva marxista, sobre la crisis política en el Chile post-estallido social. El autor analiza cómo el Estado se ha blindado para proteger el modelo neoliberal, dando paso a un «estatismo autoritario» que facilita el ascenso de la ultraderecha y vacía a la democracia de su soberanía popular.

El artículo de Martín Olate Navarro propone una crítica marxista a la ciencia política hegemónica por evaluar la salud de la democracia mediante indicadores puramente procedimentales, invisibilizando así el rol estructural del Estado frente al modelo socioeconómico neoliberal. Tomando como eje la experiencia chilena tras el estallido social de 2019, el texto argumenta que el neoliberalismo ha provocado un profundo vaciamiento de los canales de deliberación soberana, reduciendo la política a un mero trámite administrativo. Apoyándose en la teoría de Nicos Poulantzas, el autor concibe al Estado no como un árbitro neutral, sino como la condensación material de una relación de fuerzas; por ende, ante la crisis de legitimidad del sistema y la incapacidad de resolver la desigualdad, el Estado capitalista muta hacia un «estatismo autoritario» de carácter punitivo para blindar la acumulación de capital. Este escenario de atomización y desmantelamiento de lo público propicia el surgimiento de un «fascismo social», donde la ultraderecha emerge no como una anomalía irracional, sino como gestora estratégica del orden del capital que, mediante la captura mediática y algorítmica, desvía el legítimo malestar ciudadano hacia chivos expiatorios para salvaguardar el statu quo. Finalmente, el documento concluye que la democracia sustantiva es incompatible con el neoliberalismo, planteando la urgencia innegociable de construir una alternativa basada en un «socialismo democrático» de profundo carácter nacional y popular para lograr la verdadera emancipación de las mayorías.

Red editorial

Cómo se conecta esta publicación

Explorar el mapa completo