La izquierda sueca: Anticapitalismo desde una perspectiva democrática

Entrevista a Jacob Eklind sobre los nuevos lineamientos del SAP y el retorno al materialismo en el modelo nórdico.

El SAP (Partido Socialdemócrata Obrero de Suecia) es uno de los ejemplos más influyentes de construcción de un proyecto socialista dentro del marco de una democracia liberal. Su trayectoria, marcada por el pragmatismo y el énfasis en la organización obrera, ofrece lecciones vitales para el movimiento socialista en Chile.

Fundado en 1889, el SAP se consolidó en 1932 iniciando un largo periodo de hegemonía donde nació el concepto de “Folkhemmet” (la casa del pueblo): una sociedad basada en la igualdad garantizada por un Estado de bienestar. Tras décadas de giros centristas, hoy el partido retoma las causas del pasado para confrontar el neoliberalismo con fuerza.


I. El retorno al análisis materialista

EN (Vicente Espinoza): Por favor, preséntate y cuéntanos sobre los cambios ideológicos actuales que atraviesa el SAP.

JE (Jacob Eklind): Mi nombre es Jacob Eklind, militante del Partido Socialdemócrata Sueco y ex vicepresidente de S-Studenter Spartacus. El cambio ideológico ha sido un proceso largo, pero se aceleró tras perder las elecciones de 2022. Estar en la oposición nos dio espacio para leer y reflexionar.

Decidimos actualizar nuestro análisis social basándonos más en un análisis materialista de por qué tenemos problemas de segregación, crimen e desigualdad económica. Hemos eliminado elementos liberales del programa de 2013, tomando inspiración de los programas de los años 60 y 70. La crítica al capitalismo ha crecido y se ha vuelto mucho más aguda.

II. Productividad, salarios y el control democrático

EN: Me gustaría profundizar en el contexto detrás de estas reformas. ¿Hacia dónde apunta la nueva gestión del partido?

JE: En el congreso de 2023 establecimos 11 grupos de trabajo para analizar la productividad, el clima, el bienestar y la situación de los jóvenes. El enfoque es que las ganancias en productividad deben recaer de manera justa en los trabajadores.

Existe la sensación de que el Estado se ha retirado de demasiadas áreas, dejándolas en manos del mercado. Por eso, estamos exigiendo más autoridad estatal y servicios iguales. Necesitamos control democrático para frenar la comercialización del bienestar, no solo en salud, sino también en educación.

"Un Estado de bienestar fuerte debe garantizar que puedas vivir en cualquier lugar de Suecia sin recibir servicios de peor calidad solo por estar en un pueblo pequeño."

III. El "elefante en la habitación": Migración y Clase

EN: Un tema que resuena mucho en Chile es la migración. ¿Cómo lo aborda la socialdemocracia sueca hoy?

JE: Es el elefante en la habitación. La segregación ha creado entornos donde los jóvenes pierden la fe en el futuro y caen en el crimen organizado. Vemos el crimen organizado seriamente como un problema de clase. La derecha argumentó a favor de las privatizaciones y el retiro de las instituciones locales, y eso dejó vacíos que llenaron las bandas. Un proyecto socialista debe confrontar el neoliberalismo con fuerza si quiere recuperar la cohesión social.

IV. ¿Renovación o retorno a los ideales?

EN: ¿Consideras que estos cambios son una renovación ideológica que empuja al partido hacia la izquierda?

JE: Diría que es una renovación, pero también un retorno. El enfoque en el trabajo y la construcción de comunidad nos devuelve a los ideales de los años 60. Para los miembros jóvenes, es una renovación porque no vivimos la época dorada del partido. Ahora no tenemos miedo de criticar las fallas del sistema en el que vivimos, incluso si tuvimos parte en crearlas. Nuestra identidad en el Socialismo Democrático es hoy más clara que nunca.

V. El rol de la juventud en la estructura partidaria

EN: ¿Cómo recibe la juventud estos cambios y qué podemos aprender en Chile de su organización?

JE: Generalmente, la SSU (Liga Juvenil) y los estudiantes tienden a ser más radicales que el partido. Hemos presionado por políticas específicas: transporte público gratuito para jóvenes y construcción de viviendas. Es alarmante que la derecha haya capturado gran parte del voto joven recientemente; vinculamos esto a la caída de la confianza en la democracia.

Nuestra estructura nos permite operar localmente para que nuestras opiniones se escuchen en las ramas distritales del partido. Es vital construir puentes: enviar las mismas mociones desde distintos clubes para que la dirigencia escuche las preocupaciones de la juventud en todo el país.

EN: Jacob, ha sido una visión impresionante. En la Juventud Socialista de Chile tenemos mucho que aprender de su eficiencia y organización. Muchas gracias por tu tiempo.

JE: Ha sido un placer. Espero que esta entrevista sea útil para los camaradas en Chile.

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La derrota histórica

Cómo el neoliberalismo chileno destruyó las mediaciones colectivas capaces de transformar antagonismos sociales en proyecto político.

Durante décadas, gran parte del análisis político chileno interpretó el neoliberalismo, de manera restrictiva, como un mero modelo de gestión macroeconómica. Sin embargo, su verdadera profundidad histórica radicó en algo mucho más totalizante: la transformación material de las formas de vida, la reorganización metabólica de la sociedad y la reconfiguración de la subjetividad en Chile.

El neoliberalismo no solo alteró los mercados; modificó las condiciones ontológicas bajo las cuales podía emerger un sujeto político colectivo.

Comprender el Chile contemporáneo exige abandonar las lecturas puramente morales y aquellas interpretaciones que reducen la crisis orgánica actual a un problema de "comunicación", "brechas generacionales" o diseño institucional. La fragmentación social y la incapacidad para sostener proyectos históricos duraderos no son anomalías del sistema, sino el éxito histórico de décadas de reestructuración material, cultural y organizativa impuesta por el capital.

La aparente paradoja de una sociedad profundamente atravesada por antagonismos de clase, pero incapaz de traducirlos en una política de clases coherente, es la expresión más nítida de esta derrota histórica.

Del capitalismo industrial a la alienación financiera

Las últimas décadas marcaron una profunda reorganización global en el proceso de acumulación. La crisis del modelo fordista-industrial dio paso a un un capitalismo financiarizado, logístico y fragmentado, que profundizó lo que Marx denominaba la subsunción real de la vida al capital; es decir, un proceso donde ya no solo el trabajo, sino crecientemente la vida cotidiana, el tiempo, los afectos y la reproducción social quedan subordinados a las necesidades de acumulación del mercado.

El espacio clásico de concentración y socialización obrera —la fábrica— fue desplazado por redes dispersas de subcontratación y trabajo precarizado. Al retroceder la estabilidad material, se erosionaron las bases que permitían la conciencia de clase y las solidaridades duraderas. La dominación mutó hacia formas más capilares y abstractas. Hoy, el capital no requiere de la figura de un patrón visible para ejercer su coerción; opera mediante la cosificación de la vida cotidiana a través de:

  • El endeudamiento masivo como mecanismo de disciplinamiento social.
  • La tercerización y la fragmentación del tejido productivo.
  • La algoritmización y la explotación encubierta en plataformas digitales.
  • La mercantilización de la reproducción de la vida y los cuidados.

El neoliberalismo no solo reorganizó la economía; expropió el tiempo, segregó el espacio y alienó la existencia social.

Chile y la revolución pasiva neoliberal

En Chile, esta transformación fue radical. La dictadura cívico-militar no se limitó a imponer una ortodoxia económica, sino que operó como una fuerza destructiva contra las mediaciones históricas del mundo popular: sindicatos, cordones industriales, partidos de masas y redes de sociabilidad comunitaria.

La Constitución de 1980 cristalizó jurídicamente esta derrota, subordinando áreas vitales —pensiones, salud, educación, vivienda, e incluso el agua— a la lógica de la valorización del capital.

El principio de subsidiariedad no fue una simple "retirada del Estado". Fue una intervención estatal activa para destruir las instituciones de mediación comunitaria (mutuales, cooperativas, asambleas) y reemplazarlas por el mercado. El Estado chileno produjo activamente el mercado, transfiriendo la provisión de derechos al consumo, el crédito y la competencia como forma de acción social. El mercado se erigió así como el principio rector de la totalidad social.

Particularidad identitaria y la crisis de la universalidad

La fragmentación contemporánea no ha hecho desaparecer las contradicciones de clase. Al contrario, estas siguen estructurando la base material de la sociedad. El problema es que, desde una perspectiva dialéctica, hoy vivimos encerrados en la particularidad.

Las justas luchas identitarias, territoriales, ecológicas o de género no existen en el vacío; están atravesadas por las relaciones materiales de reproducción. La posición de clase sigue determinando quién tiene el tiempo y los recursos para desarrollar un proyecto de vida autónomo. El error no está en estas identidades, sino en la ausencia de un horizonte universalizador.

El neoliberalismo no eliminó el antagonismo capital-trabajo, sino que lo estalló en múltiples expresiones de precariedad: segregación urbana, angustia habitacional, crisis de cuidados y aislamiento. El triunfo ideológico del modelo es que estas contradicciones estructurales se sufren como fracasos individuales, ante la falta de mediaciones capaces de sintetizarlas en una voluntad colectiva.

La hegemonía de la transición y el estallido de la negatividad

La "Transición", como ruta política obligada tras el fracaso de la vía armada, administró esta herencia consolidando una democracia clausurada, basada en consensos de élite y desarraigada de las organizaciones políticas o sociales aún existentes. Pero el modelo no se sostuvo sólo por coerción; construyó hegemonía, y he ahí el carácter totalizante del modelo. Produjo un "sentido común" basado en la meritocracia, el emprendimiento forzoso, el consumismo compensatorio y la culpa privada por el fracaso: en síntesis, la actitud del “sálvese quien pueda”.

Desarticulada la acción colectiva, emergió una sociedad hiperintegrada en el consumo, pero profundamente atomizada en su materialidad. En este contexto, la revuelta de 2019 fue la irrupción de una negatividad histórica: la manifestación de contradicciones acumuladas de un modelo que compró estabilidad macroeconómica a costa de vaciar progresivamente la integración social.

La masividad de Octubre reveló la profundidad del antagonismo, pero el posterior proceso constituyente mostró también los límites políticos de una sociedad fragmentada durante décadas por el neoliberalismo. La crisis logró erosionar la legitimidad del orden existente, pero no consolidar una nueva hegemonía capaz de articular un horizonte común suficientemente amplio y estable.

El problema no fue únicamente institucional. La dificultad radicó en algo más profundo: la ausencia de mediaciones orgánicas capaces de transformar esa energía destituyente en fuerza política duradera, arraigada socialmente y capaz de disputar materialmente el poder. La fragmentación heredada del neoliberalismo reapareció entonces también al interior del propio campo transformador, dificultando la construcción de una universalidad política capaz de trascender la dispersión de demandas particulares.

Hacia un nuevo bloque histórico

El dilema de la izquierda hoy no es la falta de malestar popular, sino la crisis de las formas históricas mediante las cuales ese malestar se convierte en poder organizado. El neoliberalismo alteró las condiciones ontológicas para la emergencia del sujeto político.

Por ello, la recomposición del socialismo no puede ser un ejercicio de nostalgia por el movimiento obrero del siglo XX. El desafío es dialéctico: articular políticamente a una clase trabajadora hoy fragmentada, heterogénea y precarizada, sin abandonar la crítica a la totalidad capitalista que origina su sufrimiento.

La izquierda enfrenta el imperativo de construir formas de contrahegemonía capaces de disputar en red a un sistema que domina en red. Esto exige abandonar dos callejones sin salida: la esterilidad del purismo testimonial, que se regocija en su marginalidad, y el cretinismo parlamentario, que cree que el Estado puede transformarse sin movilizar a la sociedad civil.

La disputa estratégica pasa por reconstruir el tejido social: crear nuevas instituciones populares, sindicales, territoriales y culturales que intervengan en la materialidad de la vida cotidiana. Una vanguardia desconectada es tan inútil como un asambleísmo sin dirección.

La gran tarea histórica del anticapitalismo es forjar un nuevo bloque histórico. Se trata de ofrecer un horizonte de sentido universal, capaz de transformar la angustia individual de la precariedad en una praxis colectiva de organización, poder popular y solidaridad activa.

Porque, en última instancia, frente a la barbarie del capital, nadie se salva solo.

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La batalla por el sentido común en Chile

Una reflexión sobre la vigencia del pensamiento de Antonio Gramsci para comprender la polarización política chilena, el papel de la hegemonía cultural y la disputa por la memoria como un conflicto que sigue definiendo el presente democrático.

La persistente polarización política en Chile suele expresarse mediante descalificaciones que reducen el debate público a consignas y etiquetas. Sin embargo, detrás de esa confrontación cotidiana existe una disputa mucho más profunda: la lucha por construir el sentido común que organiza la forma en que una sociedad comprende su historia, interpreta su presente y proyecta su futuro.

En esta columna, Johakin Becerra Fuentealba recupera el pensamiento de Antonio Gramsci para analizar cómo la hegemonía cultural ha marcado la historia política chilena desde la Unidad Popular hasta nuestros días. A través de este recorrido, sostiene que las disputas por la educación, los medios de comunicación y la memoria histórica siguen siendo un componente decisivo de la democracia contemporánea.


La batalla por el sentido común

La batalla cultural de hoy en día se ve reflejada de forma cotidiana en la violencia del lenguaje político, donde la izquierda es despectivamente encasillada bajo el término de "comunachos" y la derecha es tildada de "fachos". Sin embargo, lejos de ser una simple riña de adjetivos, estas rivalidades encuentran una explicación profunda en la teoría de la hegemonía cultural formulada por Antonio Gramsci, el influyente filósofo político marxista italiano.

El poder de la hegemonía

Gramsci nos advertía que la clase dominante no solo gobierna mediante la coerción y la fuerza física del Estado —lo que él llamaba "sociedad política"— sino, fundamentalmente, a través del consenso y la dirección cultural, es decir, la "sociedad civil".

Para el pensador italiano, instituciones como la Iglesia, el sistema educativo y los medios de comunicación son los verdaderos campos de batalla donde se fabrican las formas de pensar de una época. Según su teoría, el poder real es invisible y se aloja en el sentido común de la gente; por lo tanto, para transformar radicalmente una sociedad, primero se debe librar y ganar una "guerra de posiciones" en el terreno de la cultura.


Cuando la cultura también fue un campo de batalla

En Chile, esta disputa ideológica se vio dramáticamente remarcada a partir de 1970 con el triunfo de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Con un país socialmente fracturado, comenzó una guerra de trincheras culturales donde el gobierno buscaba transformar las bases de la educación, mientras la oposición conservaba el control de los grandes medios de comunicación de masas.

La disputa por el relato

Un caso emblemático fue el diario El Mercurio, el cual —como demostrarían posteriormente documentos desclasificados— recibió financiamiento estratégico de los Estados Unidos, a través de la CIA, para desestabilizar el proyecto de la Unidad Popular.

Fue mediante esta sofisticada intervención en el relato mediático que la ciudadanía comenzó a profundizar su distanciamiento político y su polarización.


La victoria cultural de la dictadura

Sin embargo, esta fase de la batalla cultural terminó siendo ganada de forma coercitiva por la derecha chilena tras el golpe de Estado de 1973. La dictadura civil-militar liderada por Augusto Pinochet comprendió perfectamente la máxima gramsciana de que el poder requería control cultural e ideó un estricto plan de censura y propaganda masiva.

La construcción de una memoria fragmentada

El régimen clausuró voces disidentes y construyó una realidad oficial. Es por ello que hoy subsiste una memoria escindida: sectores de la población que vivieron bajo la burbuja de los medios oficiales de la época recuerdan aquellos años como un periodo de "orden, empleo y estabilidad económica", repitiendo la narrativa impuesta.

Esta visión contrasta radicalmente con las estadísticas internacionales, las masivas denuncias de violaciones a los Derechos Humanos y la devastadora crisis económica de 1982.


Una disputa que sigue abierta

A más de medio siglo de aquellos acontecimientos, el fantasma de Gramsci sigue recorriendo Chile. La persistencia de los epítetos "facho" y "comunacho" en el debate contemporáneo demuestra que las heridas del pasado no eran solo económicas o institucionales, sino profundamente culturales.

Democratizar la memoria

La dictadura chilena logró inocular un sentido común neoliberal que rigió el país durante décadas, demostrando que quien controla el relato del pasado controla la agenda del futuro.

La lección que nos deja esta historia es que las verdaderas revoluciones y contrarrevoluciones no se consolidan en los palacios de gobierno, sino en las aulas, en las pantallas y en las mentes de los ciudadanos.

Mientras la sociedad chilena no sea capaz de deconstruir críticamente esos dogmas heredados y construir un espacio de diálogo basado en la verdad histórica, la batalla cultural seguirá cobrándose la cohesión social de nuestra democracia.

Red editorial

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