Sentirse bajo el agua

Apuntes sobre mí y sobre el libro y la película *Submarine* de Joe Dunthorne.

Adolezco de una pena que no se va; fluye funcionalmente y la oculto, igual que Lloyd Tate, con una dosis de antidepresivos tricíclicos todas las mañanas. Una dosis que dejo de tomar cuando me siento bien, bajo la falsa ilusión de que ya mejoré. Es un sentimiento de angustia constante, una autoexigencia por tener que cumplir con mis estudios y con cada cosa que me propongo, una presión que termina nublando toda la felicidad que me da el haber cumplido.

A veces no me siento buen pololo, ni buen amigo, ni buen hijo. Llevo años sintiéndome bajo el agua, donde el tiempo se distorsiona: todo pasa demasiado lento cuando se trata de las penas, y demasiado rápido con las felicidades.

Me resulta imposible desligar mis sentimientos de esta obra. Para mí, no es solo otra película indie fácilmente tildada de “ñuñoína”; es el refugio que me acompañó y me hizo sentir comprendido cuando un amigo decidió partir.

Vi reflejadas en ella —en su familia de características particulares, en Lloyd Tate, en Jordana— una serie de cosas que no pude ni puedo dejar de querer repetir.

Submarine me transmite una sensación de nostalgia, pena, tranquilidad y frío; un estado emocional que se sintetiza a la perfección con la banda sonora, especialmente al escuchar It’s Hard to Get Around the Wind de Alex Turner.

Podría extenderme haciendo una descripción de la película y el libro, desmenuzando sus sutiles pero expresas diferencias. Sin embargo, no me gustaría quedarme en lo meramente descriptivo. Las obras así, tan profundamente emocionales, no son fácilmente simplificables sin perder toda su magia en el proceso; y para escribir algo así, prefiero no escribir nada.

Por eso prefiero quedarme con algunas escenas. Con aquellas que, por una u otra razón, nunca terminaron de abandonarme.


El funeral imaginado

La escena del inicio es descarnada y directa: Oliver fantasea con su propia muerte, anhelando que todas aquellas personas que en la vida lo ignoran, o ante las cuales se siente irrelevante, experimenten mágicamente un dolor desgarrador o un duelo colectivo que por fin valide su existencia.

Es la fantasía desesperada de quien se siente invisible: desear presenciar el propio funeral para comprobar que, al menos en el vacío absoluto de la ausencia, nuestra presencia importó.

No es una fantasía sobre la muerte.

Es una fantasía sobre el amor.

Hay algo profundamente triste en querer desaparecer no por el deseo de dejar de existir, sino por la necesidad de confirmar que existimos para otros. Como si el cariño, el afecto o la importancia de una vida solo pudieran demostrarse mediante su pérdida.

Recuerdo sentirme así. Desplazado incluso por mis amigos. Constantemente insuficiente, sin entender qué estaba haciendo mal. Y lo peor es que no hablo de algo lejano: mi último recuerdo de esa sensación no ocurrió hace años, ocurrió hace apenas unos días.

Submarine comienza bajo el agua mucho antes de que el agua aparezca.

Y quizá por eso nunca pude olvidarla.


Lloyd Tate y la tristeza cotidiana

Lloyd Tate es un historiador según el libro, y prefiero quedarme con eso. Padre de Oliver y esposo de Jill, él mismo se describe como aburrido, aunque una vez se quitó la camisa y eso causó una buena reacción.

La descripción que hace su hijo, sin embargo, es mucho más dolorosa.

Habla de cómo deambula por la casa en pijama. De cómo toma té una y otra vez en la misma taza sin lavar. De cómo se queda inmóvil mirando por la ventana, contemplando algo que nunca sabemos exactamente qué es. Habla de una persona que parece haberse retirado lentamente del mundo sin abandonarlo por completo.

No hay dramatismo en su depresión.

No hay gritos. No hay crisis espectaculares.

Solo días.

Días idénticos entre sí.

Días que pasan uno encima de otro hasta formar una especie de niebla.

Eso es lo que vuelve tan devastadora la figura de Lloyd Tate. La depresión no aparece como una tragedia cinematográfica ni como un acontecimiento extraordinario.

Aparece como algo mucho más reconocible:

La lenta desaparición de alguien que sigue estando ahí.

De cómo me quedo mirando la pared en silencio, inmóvil, incapaz de articular un pensamiento claro más allá de una pena fría mezclada con nostalgia cada vez que vuelvo a caer ahí.

Cuando pienso en él, siempre vuelvo a la imagen de la taza.

No sé por qué.

Tal vez porque la tristeza profunda rara vez se manifiesta en grandes gestos.

A veces se parece más a una taza sin lavar durante demasiado tiempo.


Heredar la forma de la tristeza

Esa misma inercia reaparece cuando Jordana termina con Oliver.

Durante buena parte de la historia, Oliver observa a su padre como si fuera un fenómeno ajeno. Cree entenderlo. Cree incluso estar por encima de él. Analiza su matrimonio, sus errores y sus silencios con la seguridad arrogante de quien todavía no ha sufrido lo suficiente.

Pero cuando pierde a Jordana, algo cambia.

El agua termina alcanzándolo también.

La película y el libro insisten una y otra vez en esa sensación de hundimiento. No solo como metáfora, sino como imagen concreta. Oliver se deja caer en la bañera. Permanece bajo el agua. Más tarde se arroja a la piscina y flota suspendido, aislado del mundo exterior por una capa silenciosa que amortigua todos los sonidos.

Por primera vez deja de analizar el dolor.

Simplemente lo habita.

Y resulta imposible no pensar en Lloyd.

La tristeza ha heredado una forma.

El hijo termina ocupando el mismo espacio emocional que el padre:

  • La misma inmovilidad.
  • La misma distancia.
  • La misma incapacidad de responder al mundo.

Y encima a la misma edad en que él dijo que comenzó su depresión.

Hay algo especialmente cruel en ese descubrimiento. Comprender que ninguna inteligencia, ninguna ironía y ninguna capacidad de observación nos protegen cuando se nos rompe el corazón.

El agua termina llegando igual.

Mi padre también es así: distante, callado, encerrado en sí mismo. A veces me pregunto cuánto de él hay en mí.


La carta

Luego está la carta de por qué no se suicida.

Es probablemente uno de los momentos que más me conmueven de toda la obra.

Oliver enumera razones para seguir viviendo. Ninguna parece particularmente trascendental; de hecho, por eso mismo su amigo termina burlándose más de lo que se preocupa.

Y sin embargo funcionan.

Porque cuando uno se encuentra realmente hundido, la esperanza rara vez adopta la forma de una gran revelación. Lo habitual es que aparezca en cosas pequeñas. Ridículas incluso.

La carta entiende algo fundamental sobre la depresión: que el deseo de desaparecer y el deseo de quedarse suelen coexistir al mismo tiempo.

Uno quiere dejar de sentir.

Pero también quiere saber qué ocurrirá mañana.

Quiero descansar.

Uno quiere rendirse.

Pero también quiere quedarse un poco más.

Quiere escuchar una canción más. Ver una película más. Abrazar a alguien una vez más.

La carta es un salvavidas construido con objetos frágiles.

Y precisamente por eso resulta tan humana.

Porque hay veces que no me siento al margen. Hay veces en que sí me siento suficiente, aunque sean pocas.


Una historia de terror

Y finalmente está la escena final del libro.

No hay playa. No hay cierre estético. No hay una resolución limpia.

Solo una conversación aparentemente sencilla durante una salida familiar.

En ella aparece la historia de un farero que, tras la muerte de su hijo, decide quitarse la vida.

Lo que vuelve inolvidable ese momento no es la tragedia en sí misma, sino la reacción de los padres de Oliver.

La absoluta incapacidad de ambos para siquiera imaginar una pérdida semejante. Por eso, dentro de la conversación, la historia termina siendo descrita como una historia de terror.

No pueden comprenderla.

No consiguen dimensionarla.

Y es precisamente esa imposibilidad la que termina revelándolo todo.

Durante gran parte de la historia Oliver se siente invisible. Fantasea con su propia muerte. Imagina funerales. Intenta medir constantemente cuánto significa para quienes lo rodean.

Sin embargo, en este momento final descubre algo que nunca había considerado realmente:

Que existen personas para quienes su desaparición no sería una idea triste.

Sería una idea imposible.

Y hay una ternura devastadora en eso.

Porque el libro no termina resolviendo la tristeza. No termina prometiendo felicidad. Ni siquiera promete que las heridas sanarán.

Solo nos deja frente a una verdad mucho más pequeña y mucho más humana:

Que incluso en nuestros momentos de mayor aislamiento existen vínculos que sobreviven a nuestra incapacidad de verlos.

Como luces lejanas observadas desde el fondo del agua.


Creo profundamente que esta película no trata realmente sobre Oliver Tate y Jordana.

Trata sobre la salud mental atravesada por el amor; y quizá por eso verla junto a alguien cercano la vuelve todavía más íntima.

Y quizá por eso quiero terminar hablando fuera del libro, fuera de la película y fuera de cualquier análisis.

Solo quiero decirte que te recuerdo.

Que para mí no fuiste insignificante, pese a lo poco que interactuamos.

Que dejaste una huella en todos quienes te conocieron.

Quiero decirte lo siento.

No a nombre mío.

A nombre de un mundo que muchas veces te falló.