¿Salud para un solo cuerpo?
Cuando un solo cuerpo se convierte en la medida de todos los demás, la desigualdad deja de ser una opinión y se transforma en una práctica médica.
¿Existe un cuerpo o mente estándar?
¿Existe un cuerpo o mente estándar? Según la ciencia sí existe, y es el cuerpo y mente masculina. ¿Y qué es la salud? Según la OMS, es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de afecciones o enfermedades. Sin embargo, este ideal está lejos de alcanzarse si la ciencia insiste en ignorar a la mitad de la población mundial.
Durante siglos, las investigaciones médicas y psicológicas han querido tener “neutralidad” en sus estudios, haciendo que estos se basen principalmente en estudios androcéntricos. Esto quiere decir que se usa el cuerpo masculino como el molde universal para el desarrollo científico, quitando de los ensayos lo “anómalo” o la “excepción” de un cuerpo femenino, bajo el pretexto de sus fluctuaciones hormonales, y llegando así a lograr la “neutralidad”.
Esto genera un problema estructural en la salud, ya que la producción de conocimiento está sesgada, sumado a que la enseñanza del personal de salud es de carácter más bien deficiente y carente de una perspectiva de género, genera que la atención hacia las mujeres resulta insuficiente, y que no considere sus diferencias y particularidades. Además, hay que considerar que los múltiples sesgos y creencias previas hacia las mujeres generadas por la sociedad patriarcal, afectan a su atención en salud.
La exclusión de las mujeres en la producción del conocimiento
A la base de todo esto, tenemos una sociedad en donde históricamente se ha relegado a las mujeres de múltiples áreas de la vida, siendo el área del conocimiento una de las más destacadas. Así, las mujeres científicas han sido constantemente excluidas de la producción y generación de conocimiento en materia de salud.
Desde el feminismo epistémico, se enfatiza la importancia del sujeto que construye la ciencia, en donde la exclusión e invisibilización de mujeres científicas impide un buen desarrollo de una ciencia con perspectiva de género, que mejore los aspectos inclusivos en los ensayos clínicos y por tanto, se genere un conocimiento que no quede en deuda con las mujeres en lo que a su atención de salud se refiere.
De este modo, el conocimiento generado por y para hombres llega a las universidades, lo cual forma profesionales que únicamente saben atender a un cierto tipo de cuerpo. Esta formación sesgada, sumada a los estereotipos generados por la sociedad hacia las mujeres, tales como: su supuesta excesiva emocionalidad, el hecho de ser exageradas, histéricas o simplemente considerarlas con menos importancia por el simple hecho de ser mujer, afectan en su tratamiento, procedimientos y diagnóstico.
Cuando el sesgo se convierte en diagnóstico
Con base en toda la información previamente plasmada, son claros los ejemplos que demuestran esta dinámica desigual.
Uno de estos casos se puede comprobar en el ámbito de la farmacología, en donde los estudios de los medicamentos se hacen principalmente en varones, ya que el cuerpo femenino se ve “afectado” y “alterado” por los constantes cambios hormonales. Esto desemboca en el hecho de que, cuando los fármacos entran al mercado, pongan en riesgo la integridad y bienestar de las mujeres.
Esto se puede apreciar específicamente en el caso de algunos fármacos psiquiátricos que han salido a la venta, como por ejemplo el zolpidem, los cuales adormecian más de lo usual a las mujeres, debido a que el nivel de metabolización de estos medicamentos es diferente entre ambos sexos y las mujeres lo sacan de su cuerpo a un ritmo más paulatino.
Además, se ha mostrado que los médicos recetan más medicamentos psiquiátricos del tipo ansiolítico a mujeres que a hombres en diversas atenciones, no exclusivamente atención psiquiátrica, generando un sesgo sobre una supuesta mayor emocionalidad e inestabilidad en relación a síntomas corporales experimentados por estas.
Otro ejemplo a mencionar es la medicina cardiovascular, en donde hay diversos estudios que se contraponen. Algunos mencionan que la sintomatología y los signos de un ataque de corazón son diferentes entre hombres y mujeres, aunque otros mencionan que no lo son. Sin embargo, todos los estudios convergen en el hecho de que hay sesgos en la atención, en donde a los hombres se le hacen más estudios exploratorios en comparación con las mujeres, debido a que los tratantes creen que estos síntomas en mujeres, se deben más a “afecciones emocionales” que a genuinos síntomas de ataques cardíacos.
Neurodivergencia y subdiagnóstico
Y por último pero no menos importante, se destaca el caso del subdiagnósticos de las mujeres con TEA o con TDAH, situación en donde los estudios generan evaluaciones y diagnósticos orientados hacia hombres, insertos en una cultura patriarcal y con cierto margen comportamental y conductual.
En el caso de mujeres que se encuentran dentro del espectro autista, tienden a recibir diversos diagnósticos como bipolaridad, depresión o TLP, antes de llegar al diagnóstico verdadero. Esto se debe a que, socialmente, a las mujeres se les enseña adaptarse y a ocultar lo diferente, generando de esta manera el “masking” o camuflaje social, que conlleva como consecuencia el agotamiento emocional, y por tanto, posibles cuadros depresivos.
En el caso de las mujeres con TDAH, se les enseña desde pequeñas a ser más sosegadas, tranquilas, quietas y a jugar de una forma más pasiva. Por lo tanto, la expresión de los síntomas está más orientada a “vivir en las nubes”, ser desorganizadas o derechamente a la inatención. Por el lado contrario, con respecto a los hombres, estos tienden a presentar una sintomatología de corte más impulsivo e hiperactivo.
Es por esto que, como a las niñas no se les permite demostrar conductas disruptivas, no se les presta la debida atención, a pesar de cargar con el sufrimiento interno o con las posibles y múltiples complicaciones que esto le pueda generar en las tareas de la vida cotidiana y/o en los estudios.
Un derecho, no una utopía
Mi punto es claro, si la medicina y la psicología sigue excluyendo deliberadamente a las mujeres -tanto investigadas como investigadoras- bajo una supuesta premisa de rigor científico, la visión de la OMS sobre una salud como un estado completo de bienestar físico, mental y social, sólo seguirá siendo una utopía para la mitad de la población mundial.
Resulta evidente la necesidad de un cambio estructural: los comités científicos tienen que fomentar a más científicas y rechazar los estudios que excluyan a los cuerpos femeninos. Las universidades deben impartir conocimientos con perspectiva de género y capacidad de crítica social para garantizar una buena atención.
Exigir una atención en salud que considere algo tan básico como el cuerpo en el que habitamos, con sus distinciones y particularidades, no debería ser una fuente de complicaciones o de malos diagnósticos, sino que debería ser un derecho humano.
Se debe garantizar una salud que no nos mal diagnostique, que no nos juzgue y que no minimice nuestras dolencias.
Pero la ciencia se niega a vernos y a estudiarnos, siendo que siempre estuvimos ahí, y cito a Julieta Kirkwood:
“¿Se trata de otra ciencia invisible o se trata de un saber eternamente expropiado, alienado?”