Romper el ciclo de la violencia: es la labor del socialista
Respuesta a la columna “Nos declaramos: Violentos, Convictos y Confesos”, análisis del movimiento secundario y su potencial.
Introducción
Como estudiante secundario, resulta necesario caracterizar correctamente los eventos que hoy se ciernen sobre el movimiento de los hijos de la clase obrera, especialmente cuando en los últimos años este se ha visto incapaz de alcanzar un nivel cohesión como los vistos anteriormente en los años 2011 y 2006. Aún mayor se hace el deber de vocalizar y socializar los eventos en tabla al verse un análisis superficial que romantiza la confrontación como algo propio, más que como el remedio que es a los males que nos aquejan.
Pues al hacerlo no solo se idealiza como algo triunfalmente propio de la vida del estudiante —que de ningún modo debe ser comprendido como tal— sino que directamente es pisar por encima toda lucha pasada cuyo objetivo fué precisamente el que hoy no lo veamos como algo trivial y tan vanagloriable como para que, al jactarse de ello, lo confundamos directamente con la vil violencia.
Tal como un soldado luchó para que su hijo no vea el rifle como un juguete, sino como una herramienta que solo debe tomarse cuando realmente la situación lo llama, y de la que nadie debe sentirse orgulloso de haber utilizado.
Porque la violencia no es aquella que ejerce el oprimido contra el status quo. Todo lo contrario: la violencia es la herramienta que la injusticia impone sobre el desfavorecido. Confundir estas dos ideas, romantizando el concepto de violencia de por medio, da paso a una serie de —en mi opinión— errores de análisis que a continuación detallaré.
Identificar el ciclo de la violencia
La columna identifica que la violencia en el movimiento estudiantil es producto del “que no nos pesquen”, identificando el primer fenómeno como una piedra angular en la incapacidad de articular mayorías sociales que respalden las propuestas del movimiento.
Más, propongo otro modo de comprender el fenómeno, pues considero que ambos conceptos mencionados tienen más relación a una incapacidad del movimiento estudiantil de renovar sus formas de movilización y socialización de sus demandas, siendo esta incapacidad la responsable tanto de la violencia como de su falta de articulación y cohesión. Viéndose de este modo que el solucionar uno de estos ejes no solucionaría inherentemente el otro, sino que son ambos síntomas de un problema en común.
Ahí se señala la siguiente falencia fundamental del movimiento secundario: el tan llamado programa mínimo. Por muy monolítico que sea, difícilmente verá uso práctico en la mayoría de casos si el movimiento que lo proponga no es capaz de ejercer un análisis materialista de las condiciones y adaptarse a la situación.
Orientar el debate a, en vez de juzgar a dedo lo que “nos sirve” y lo que no, especialmente si esta servidumbre es al ideal de unos pocos, proponer reales revisiones al modo de organización y comprensión del colectivo con el fin de adaptarlo a los nuevos tiempos, conllevará más probablemente en una mayor capacidad del colectivo de alcanzar los programas mínimos que éste identifique.
La contradicción en la declaración titular
Continuando con el concepto de la criminalización del movimiento estudiantil, el texto hace la declaración:
“Estudiantes tirando molotov desarman cualquier oportunidad de crear mayorías sociales”.
Lo que hace aún más ilógica la posterior declaración titular de:
“Nos declaramos violentos”.
El concepto de “violencia de masas” bajo el cuál se ampara la mencionada declaración es erróneo, al definir la violencia de masas según la conveniencia de la situación y denostando todo tipo de percibida violencia que no se adecúe a ese molde.
Por ejemplo, grande es la hipocresía al validar aquella violencia producto de la incapacidad lógica de lidiar con la rabia acumulada por años de abandono y abuso por las autoridades, mientras se califica de “puntual y minúscula” la violencia de los overoles blancos.
Ante esto, declaro que ambas formas de violencia son producto de fenómenos explicables, más bajo ningún contexto se deben justificar y mucho menos glorificar como lo hace la tesis original.
La definición de violencia propuesta una vez más se torna caprichosa y hasta peligrosa para el fin último del movimiento estudiantil al ponerse en mesa las tomas de los espacios indignos, enlazándolas a una característica propia del movimiento estudiantil. Cosa que, como ya expliqué en la introducción, es profundamente errónea.
Más acá se torna contraproducente, pues el error yace en trivializar de ese modo un acto de última instancia.
Hoy hemos visto las consecuencias de esto, ya que se puede observar que las tomas han perdido efectividad en proveer al estudiante de sus necesidades, cosa evidenciada en:
- La creciente frecuencia en la cual estas ocurren en los establecimientos emblemáticos.
- Su decreciente calidad de organización.
- Y más importante aún, su menguante efecto de presión política.
Entender la toma de un establecimiento como un ideal es perder completamente el punto: la necesidad que la suscita.
Pues es poco a poco quitarle al estudiante una herramienta y solo dejarle las consecuencias de emplearla. Esto último lo vemos en forma de, por ejemplo, la pérdida de clases, una vez más profundizando el ciclo de violencia ya caracterizado y deshonrando la justa lucha de los estudiantes.
Conclusión
No hago el llamado a “Tomarse el futuro por asalto, un asalto con violencia”, pues considero que abanderarse en un enunciado así es faltarle el respeto a todo, toda y tode que luchó para que hoy no tuviéramos que ver el futuro como algo que es necesario “asaltar”.
En su lugar, propongo construir nuestro futuro. Un futuro que alcanzaremos con táctica, pragmatismo, fraternidad, pero por sobre todo, con esperanza.