La derrota histórica
Cómo el neoliberalismo chileno destruyó las mediaciones colectivas capaces de transformar antagonismos sociales en proyecto político.
Durante décadas, gran parte del análisis político chileno interpretó el neoliberalismo, de manera restrictiva, como un mero modelo de gestión macroeconómica. Sin embargo, su verdadera profundidad histórica radicó en algo mucho más totalizante: la transformación material de las formas de vida, la reorganización metabólica de la sociedad y la reconfiguración de la subjetividad en Chile.
El neoliberalismo no solo alteró los mercados; modificó las condiciones ontológicas bajo las cuales podía emerger un sujeto político colectivo.
Comprender el Chile contemporáneo exige abandonar las lecturas puramente morales y aquellas interpretaciones que reducen la crisis orgánica actual a un problema de “comunicación”, “brechas generacionales” o diseño institucional. La fragmentación social y la incapacidad para sostener proyectos históricos duraderos no son anomalías del sistema, sino el éxito histórico de décadas de reestructuración material, cultural y organizativa impuesta por el capital.
La aparente paradoja de una sociedad profundamente atravesada por antagonismos de clase, pero incapaz de traducirlos en una política de clases coherente, es la expresión más nítida de esta derrota histórica.
Del capitalismo industrial a la alienación financiera
Las últimas décadas marcaron una profunda reorganización global en el proceso de acumulación. La crisis del modelo fordista-industrial dio paso a un un capitalismo financiarizado, logístico y fragmentado, que profundizó lo que Marx denominaba la subsunción real de la vida al capital; es decir, un proceso donde ya no solo el trabajo, sino crecientemente la vida cotidiana, el tiempo, los afectos y la reproducción social quedan subordinados a las necesidades de acumulación del mercado.
El espacio clásico de concentración y socialización obrera —la fábrica— fue desplazado por redes dispersas de subcontratación y trabajo precarizado. Al retroceder la estabilidad material, se erosionaron las bases que permitían la conciencia de clase y las solidaridades duraderas. La dominación mutó hacia formas más capilares y abstractas. Hoy, el capital no requiere de la figura de un patrón visible para ejercer su coerción; opera mediante la cosificación de la vida cotidiana a través de:
- El endeudamiento masivo como mecanismo de disciplinamiento social.
- La tercerización y la fragmentación del tejido productivo.
- La algoritmización y la explotación encubierta en plataformas digitales.
- La mercantilización de la reproducción de la vida y los cuidados.
El neoliberalismo no solo reorganizó la economía; expropió el tiempo, segregó el espacio y alienó la existencia social.
Chile y la revolución pasiva neoliberal
En Chile, esta transformación fue radical. La dictadura cívico-militar no se limitó a imponer una ortodoxia económica, sino que operó como una fuerza destructiva contra las mediaciones históricas del mundo popular: sindicatos, cordones industriales, partidos de masas y redes de sociabilidad comunitaria.
La Constitución de 1980 cristalizó jurídicamente esta derrota, subordinando áreas vitales —pensiones, salud, educación, vivienda, e incluso el agua— a la lógica de la valorización del capital.
El principio de subsidiariedad no fue una simple “retirada del Estado”. Fue una intervención estatal activa para destruir las instituciones de mediación comunitaria (mutuales, cooperativas, asambleas) y reemplazarlas por el mercado. El Estado chileno produjo activamente el mercado, transfiriendo la provisión de derechos al consumo, el crédito y la competencia como forma de acción social. El mercado se erigió así como el principio rector de la totalidad social.
Particularidad identitaria y la crisis de la universalidad
La fragmentación contemporánea no ha hecho desaparecer las contradicciones de clase. Al contrario, estas siguen estructurando la base material de la sociedad. El problema es que, desde una perspectiva dialéctica, hoy vivimos encerrados en la particularidad.
Las justas luchas identitarias, territoriales, ecológicas o de género no existen en el vacío; están atravesadas por las relaciones materiales de reproducción. La posición de clase sigue determinando quién tiene el tiempo y los recursos para desarrollar un proyecto de vida autónomo. El error no está en estas identidades, sino en la ausencia de un horizonte universalizador.
El neoliberalismo no eliminó el antagonismo capital-trabajo, sino que lo estalló en múltiples expresiones de precariedad: segregación urbana, angustia habitacional, crisis de cuidados y aislamiento. El triunfo ideológico del modelo es que estas contradicciones estructurales se sufren como fracasos individuales, ante la falta de mediaciones capaces de sintetizarlas en una voluntad colectiva.
La hegemonía de la transición y el estallido de la negatividad
La “Transición”, como ruta política obligada tras el fracaso de la vía armada, administró esta herencia consolidando una democracia clausurada, basada en consensos de élite y desarraigada de las organizaciones políticas o sociales aún existentes. Pero el modelo no se sostuvo sólo por coerción; construyó hegemonía, y he ahí el carácter totalizante del modelo. Produjo un “sentido común” basado en la meritocracia, el emprendimiento forzoso, el consumismo compensatorio y la culpa privada por el fracaso: en síntesis, la actitud del “sálvese quien pueda”.
Desarticulada la acción colectiva, emergió una sociedad hiperintegrada en el consumo, pero profundamente atomizada en su materialidad. En este contexto, la revuelta de 2019 fue la irrupción de una negatividad histórica: la manifestación de contradicciones acumuladas de un modelo que compró estabilidad macroeconómica a costa de vaciar progresivamente la integración social.
La masividad de Octubre reveló la profundidad del antagonismo, pero el posterior proceso constituyente mostró también los límites políticos de una sociedad fragmentada durante décadas por el neoliberalismo. La crisis logró erosionar la legitimidad del orden existente, pero no consolidar una nueva hegemonía capaz de articular un horizonte común suficientemente amplio y estable.
El problema no fue únicamente institucional. La dificultad radicó en algo más profundo: la ausencia de mediaciones orgánicas capaces de transformar esa energía destituyente en fuerza política duradera, arraigada socialmente y capaz de disputar materialmente el poder. La fragmentación heredada del neoliberalismo reapareció entonces también al interior del propio campo transformador, dificultando la construcción de una universalidad política capaz de trascender la dispersión de demandas particulares.
Hacia un nuevo bloque histórico
El dilema de la izquierda hoy no es la falta de malestar popular, sino la crisis de las formas históricas mediante las cuales ese malestar se convierte en poder organizado. El neoliberalismo alteró las condiciones ontológicas para la emergencia del sujeto político.
Por ello, la recomposición del socialismo no puede ser un ejercicio de nostalgia por el movimiento obrero del siglo XX. El desafío es dialéctico: articular políticamente a una clase trabajadora hoy fragmentada, heterogénea y precarizada, sin abandonar la crítica a la totalidad capitalista que origina su sufrimiento.
La izquierda enfrenta el imperativo de construir formas de contrahegemonía capaces de disputar en red a un sistema que domina en red. Esto exige abandonar dos callejones sin salida: la esterilidad del purismo testimonial, que se regocija en su marginalidad, y el cretinismo parlamentario, que cree que el Estado puede transformarse sin movilizar a la sociedad civil.
La disputa estratégica pasa por reconstruir el tejido social: crear nuevas instituciones populares, sindicales, territoriales y culturales que intervengan en la materialidad de la vida cotidiana. Una vanguardia desconectada es tan inútil como un asambleísmo sin dirección.
La gran tarea histórica del anticapitalismo es forjar un nuevo bloque histórico. Se trata de ofrecer un horizonte de sentido universal, capaz de transformar la angustia individual de la precariedad en una praxis colectiva de organización, poder popular y solidaridad activa.
Porque, en última instancia, frente a la barbarie del capital, nadie se salva solo.