Más de izquierda que tú

Una reflexión crítica sobre la lógica del espectáculo, el ego y la falta de disciplina en el movimiento estudiantil actual.

Chile está atravesando un momento que exige organización, claridad y una izquierda capaz de ofrecer algo más que indignación. El gobierno actual avanza con una agenda que afecta directamente las condiciones de vida de los sectores más vulnerables del país, y la respuesta que estamos siendo capaces de construir —al menos desde el movimiento estudiantil universitario— es la de una guerra de afiches, lienzos y post en Instagram.

La pregunta es: ¿qué estamos pretendiendo ofrecer al país si no somos capaces de organizarnos y respetarnos entre nosotros?

Vivimos en una época que ha tendido a convertir todo en imagen. La política, la rebeldía, la identidad, el compromiso. No se trata solo de una cuestión de redes sociales, sino de adoptar una lógica que no valora lo que se hace, sino cómo se ve. No es lo que se construye, sino quién figura en la foto. No es respetado quien tiene la razón, sino quien acumula más likes. Y lo más difícil de reconocer es que esa lógica no se detiene en la puerta de los partidos y las militancias. Los atraviesa también, y lo estamos demostrando.

I. La política del murmullo: El ruido de la asamblea

En la asamblea a nivel Universidad de Chile de la semana antepasada comprendí algo que nos está costando una vez más la confianza en la FECh y sobre todo entre nosotros mismos. No fue ninguno de los discursos en particular sino simplemente el ruido: los aplausos que llegaban antes de dejar terminar a los compañeros, los gritos que reemplazaban a los argumentos y la atención orientada no hacia la asamblea sino hacia el juego del morbo. Las formas lo están diciendo todo, el contenido está siendo lo de menos.

Llevamos ya semanas asistiendo a un proceso electoral que, con honestidad, está resultando ser más una guerra en base al ego que una campaña. Lo que se nos ha presentado no es solamente las candidaturas que aspiran a conducir la FECh, sino en lo que nos hemos convertido muchos de quienes nos llenamos la boca diciendo querer transformar lo que ven nuestros ojos.

Lienzos arrancados al llegar, afiches pisoteados con orgullo, fotos con propaganda en basureros; una sensación de desprecio que debería avergonzarnos como generación si tanto pretendemos hablar de “rol histórico del estudiante de la UCh”.

II. La competencia de sobreestimulación: El izquierdómetro

La asamblea fue un momento clave, el encuentro que debía ser la demostración de nuestra capacidad política de analizar críticamente la situación del país y el actuar del estudiantado, terminó siendo una competencia de sobreestimulación. ¿Quién sacaba más aplausos? ¿Quién lograba hacer quedar peor al de al lado? Todos mencionaron la unidad estudiantil, eso sí, con una cuña bajo el brazo.

No es tan distinto a lo que ocurre en redes sociales. Cuando se juntan dirigentes, partidos, militantes, todos parecen compartir el mismo objetivo. Pero basta abrir Instagram para ver cómo ese acuerdo desaparece entre dogmas, descalificaciones, la necesidad urgente de demostrar quién está más a la izquierda que el otro. Y que no se malentienda, la pantalla no crea esta situación, solo la hace visible, casi como un intruso en la ideología real de cada uno.

Compañeros, no existe contradicción entre querer cambiar el mundo y ser capaces de desearle el bien al movimiento cuando no eres tú quien figura.

III. La disciplina como interrupción del espectáculo

¿A qué movimiento pretendemos guardar respeto, ser partícipes activamente y tener fe en nuestra organización si se le debe pedir al aula más de quince veces que por favor no aplaudan ni griten para que exista fluidez, y no somos capaces de hacerlo? ¿Qué es lo que se opone a nuestra lógica y a nuestra capacidad de ser compañeros? Ni otra doctrina, ni otro partido. Lo que se opone es algo más difícil, menos comentado y por supuesto menos fotogénico: la disciplina.

La disciplina de la que hablo no es la del reglamento ni la de un partido. Es la práctica de actuar en coherencia con lo que se dice querer, incluso cuando nadie mira, cuando no hay aplausos ni cámaras, incluso cuando el que gana no eres tú. Si la lógica del espectáculo nos enseña a orientar cada acto hacia su visibilidad —a construir para figurar—, la disciplina cotidiana es el trabajo de revertir eso desde adentro. No se declara. Se practica.

IV. El disfraz de vanguardia frente a la práctica real

El problema no está siendo la política, ni siquiera la ambición. El problema es que hemos confundido la disciplina con el performance de la disciplina. Se habla cada día de organización, de conducta, de acción. Pero la organización que no se ha trabajado primero en la propia cotidianidad se convierte fácilmente en jerarquía indisciplinada con un disfraz de vanguardia.

Estamos todos con el “izquierdómetro” en la mano midiendo purezas ideológicas. Compañeros, esta no es una herramienta de izquierda. Es una herramienta del ego que se está vistiendo de izquierda. Y cuando se usa hacia afuera —para destruir lo que otros construyen— deja de ser un vicio interno para convertirse en un obstáculo para cualquier proyecto colectivo posible.

V. Interrumpir el mercado interno: Desear el bien al movimiento

Propongo entonces que pensemos en qué es lo que queremos realmente cuando queremos ganar. Si lo que queremos es que el movimiento estudiantil sea más fuerte por la dignidad del futuro, entonces deberíamos ser capaces de desearle el bien incluso cuando no somos nosotros quienes lo conducen.

La revolución que queremos no puede construirse sobre una subjetividad que compite consigo misma. No puede depender de que yo figure, de que sea mi nombre el que quede en el acta. Eso no es la revolución: es una vez más el mercado operando dentro de nosotros, pero con banderas. La única forma de interrumpirlo está en la disciplina de lo cotidiano:

  • Trato fraterno: Cómo tratamos a quienes piensan distinto dentro del campo propio.
  • Anonimato político: Qué hacemos cuando nadie filma —ojalá que no romper ni pintar nada ajeno—.
  • Construcción desinteresada: Capacidad de construir algo que no dependa de nuestra visibilidad para existir.

La desafección política de la izquierda nace también de esto, de generaciones que se desgastan entre sí, que confunden la pureza ideológica con la eficacia. El movimiento estudiantil ha vivido ese ciclo más de una vez. Lo hoy vivimos. Y si no somos capaces de reconocerlo, lo volveremos a vivir.

Debemos preguntarnos, compañeros: ¿qué tipo de persona estoy siendo en este proceso? Si la pregunta se sostiene con honestidad, ya es un comienzo.